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Fornicio y estilográficas

Cuenta Raúl del Pozo que el viejo Camilo -José Cela-, su amigo, recitaba una poesía, de la que son estos versos: “La señora de Pérez y sus hijas/comunican al público y al clero/que han abierto un taller de chupar pijas/en la calle Santiago del Estero/. Por cierto que Santiago del Estero, no la calle de Buenos Aires sino la provincia, o como se llame, remota y sucia, es el lugar más feo de toda la Argentina. Es cierto que en Buenos Aires el fornicio es notable, como buena ciudad que se parece a París y a Madrid, y a veces es más bella que las dos juntas. Yo he estado varias veces, quizá siete u ocho, pasando temporadas en ella y casi nunca he querido volver. Una vez me adoptó una sueca llamada Ingrid de la que me enamoré perdidamente. Incluso presenté allí un libro, con Salcedo y Mardones en la mesa, y un gentío en el Sheraton, y no me acuerdo si Pepe Segura también. Llegué a la presentación extenuado, porque me había ido al Tigre con otra amiga, de la que también me enamoré. Casi me nombran socio de honor de Aerolíneas Argentinas y conocía a todas las empleadas del aeroparque Jorge Newberry, como si fueran las doncellas de mi propia casa. Ay, la Costanera, que cantaba tan bien Leonardo Favio, en tiempos en que yo cortejaba a Susana, esta vez venezolana, que se sabía todas sus canciones. De todo eso solo queda tierra quemada. Años más tarde he vuelto a visitar la Costanera, ya sin piberío sino con un orondo amigo bonaerense que después de cenar langosta me llevaba a los sitios de tangos del centro para ponerme los dientes largos con aquellos cruces de piernas de las bailarinas. Por la noche me escapaba a comprar estilográficas Parker a la plaza Dorrego, en San Telmo.

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