tribuna

Iconoclastas

El espíritu iconoclasta es muy antiguo. Se podría asimilar a un movimiento cristiano desarrollado durante los siglos VI al VIII, pero el término de destructor de imágenes es anterior. Siempre ha habido una tendencia a la demolición de los símbolos cuando se trata de sustituir un sistema por otro, arrancando de cuajo cualquier vestigio de lo que existió. El mundo moderno comienza con el reconocimiento del fracaso que supuso acabar con la historia, y surge el Renacimiento para reparar el daño producido por haber dejado caer lo que representaba a una época pasada. Esa actitud regeneracionista y conservacionista nos acompaña en el momento actual como uno de nuestros compromisos culturales más importantes. Necesitamos tener a la vista la memoria de lo que fuimos para así entender mejor lo que hemos terminado siendo. Generalmente fueron los herederos de los dinamiteros los que mejor comprendieron el error; por eso los papas se convirtieron en los grandes inspiradores de la recuperación de la cultura antigua, para así ser capaces de explicar la propia con mayor claridad. Luego vinieron las grandes revoluciones y la iconoclastia volvió a estar plenamente de moda. Durante la revolución francesa hubo un empeño por hacer desaparecer cualquier recuerdo del régimen antiguo, y las tumbas fueron profanadas, como pasó en Saint Denis, y los huesos se tiraron a las calles para que no quedara nada de ellos. Lo mismo ocurrió con todo aquello que representara a la nobleza. En España, las tropas napoleónicas llevaron a cabo acciones similares y fueron vaciando sepulturas y arrojando los restos a los ríos, porque creían que así estaban extirpando una semilla que jamás volvería a germinar. La revolución soviética fue tres cuartos de lo mismo. Por eso, creyendo que se trata de una cuestión de genes, fumigan a todo aquello que se pueda reproducir para que desaparezca del planeta. Nadie puede conseguir eso, porque está vinculado a la naturaleza humana. Además, la historia demuestra que, a la larga, esas actitudes acaban fracasando. Lo mismo hizo la famosa unidad religiosa de los reyes católicos cuando implantaron la fe única y expulsaron a todos aquellos que no estaban dispuestos a seguirla. No son actitudes recomendables, porque, al final, las aguas vuelven a sus cauces, y la vida acaba imponiendo su diversidad, que es la cara biológica más descriptiva de la libertad.

La iconoclasia es un atentado a la historia, sin darse cuenta de que la historia sigue ahí, impertérrita, para reseñarla. Darán mayor trabajo a los arqueólogos para intentar reproducir el ambiente exacto de una época, pero la señal que dejarán para la posteridad será la de la barbarie y el salvajismo. Algunos creen estar en la cresta de la ola y pertenecer a la más rabiosa de las vanguardias cuando patrocinan estos comportamientos, sin darse cuenta de que están regresando a los viejos modelos que tanto hemos condenado. Democracia significa convivencia, tolerancia, entendimiento y aceptar las ideas contrarias, también la reparación de los daños que en justicia correspondan; por eso los métodos propios de las fracasadas revoluciones no conducen a ningún camino para consolidarla. Claro que Democracia es también admitir cualquier tendencia, aunque sea destructiva. Esa es la grandeza del sistema y ese es su gran riesgo. Si alguien necesita, para quedarse en paz, dar trabajo a los arqueólogos y a los historiadores, que lo haga. Yo prefiero que queden en pie los signos de lo que hemos sido, para lo bueno y para lo malo; lo demás es como segar la hierba para que no vuelva a crecer. Este es un esfuerzo de tontos, porque hasta en una teja seca puede brotar un verode.

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