tribuna

La alimentación como ideología

Es complicado hacer I+D+I con los temas ideológicos. Casi todo está ya dicho. Así que los emprendedores de las iniciativas políticas que pretenden innovar para prosperar lo tienen crudo. Bien pensado, el convertir lo crudo en cocido fue una de las grandes mutaciones alimentarias que nos llevó a evolucionar para ser como ahora somos. No me refiero a Prometeo, que fue a robar el fuego de los dioses para que los hombres pudiéramos dejar de comer carne cruda, ni al fantástico trabajo estructuralista de Claude Levi-Strauss titulado De lo crudo a lo cocido, donde nos ilustra de las costumbres gastronómicas, relacionadas con los mitos, que se desarrollaron en las tribus primitivas del continente americano. Hay corrientes artísticas, religiosas e ideológicas, de carácter integral, que entran en detalles genéricos, hasta de cómo debemos comer. En las formas de mesa se han producido importantes modificaciones. En nuestro país, por ejemplo, esto ocurrió con la llegada de los Omeyas. Allí no solo se produjo la gran revolución que supuso el empleo de utensilios para comer, el cambiar el metal por el cristal para las copas, y la variedad de alimentos a emplear según las estaciones, como nos recomienda el libro de cocina de la Sección Femenina, sino que se extendió también a la vestimenta, a los adornos y a la cosmética y la higiene personal. La escuela Bauhaus, fundada en la Alemania de Weimar, adoptó la dieta mazdeista y vegetariana impuesta por las ideas teosóficas de la señora Blavatsky. En fin, todas las corrientes innovadoras nos llegan acompañadas de un aspecto formal para distinguirse plenamente de aquello que vienen a cambiar. En cuanto a los aspectos de salud, cada cierto tiempo, un gordo que dejó de serlo, vende millones de ejemplares de una propuesta dietética que será desmontada a partir del momento en que otro obeso logre adelgazar con un procedimiento diferente. Todos haremos lo mismo, pero no nos durará más allá del verano, porque las costumbres que adoptamos desde el principio de nuestra educación alimentaria acabarán imponiéndose. Son las decisiones de los lunes, o de los primeros de mes. Se abandonan, igual que los ligues basados en zalamerías pasajeras.
Ahora se trata de algo ideológico. El veganismo, por ejemplo, es una refundición de la política inclusiva con los postulados de san Francisco, y su amor por los animales. Se trata de trasladar la ideología de género al mundo de las gallinas, que serán enseñadas a autofagocitarse, comiendo sus propios huevos, como hacía el dios Cronos devorando a sus hijos. Parece una broma, y de hecho sus componentes dicen que en su esfuerzo de difusión existe una banalización intencionada, pero lo cierto es que está ahí, como un apéndice excesivo de otros intentos de uniformización del pensamiento. Se denuncia una excesiva industrialización en el proceso de conversión de vegetales en proteínas, poniendo por medio a los animales, como si fueran mecanismos de transformación. Lo que se argumenta no son problemas de salud, sino de amor. Cuando inventen el amor a las plantas, (que ya existe) el ciclo se habrá cerrado y ese será el principio del final. Todo se mezcla, porque el cambio climático y las violaciones no consentidas están incluidas en los problemas que se denuncian desde estas posturas innovadoras. No es ni siquiera gracioso. Es la crisis de las ideologías, que ya se anunció hace bastante tiempo. ¿Recuerdan la frase? “Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo mismo no me encuentro nada bien”. Ante esto surgen grupos que intentan llenar el hueco de la frustración con nuevas ilusiones que den sentido a nuestras vidas. Empezamos por la adoración de las mascotas (nada nuevo, recuerden la zoolatría en la cultura egipcia) y acabaremos destruidos por los mosquitos. Estos elementos, analizados por un historiador futuro, no son otra cosa que los signos de la Decadencia.

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