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Madrid ya tiene río

Han desaguado presas en el Manzanares, han construido parques en sus riberas y el viejo campo del Vicente Calderón, un hombre de negocios al que yo compré mi primer piso, deja un legado en forma de solar para que la zona crezca con mayores armonías. Londres tiene el Támesis, Roma el Tíber y París el Sena, todas las grandes capitales europeas tienen su río. En París da gusto pasear por las riberas del Sena y comprar reproducciones de Toulouse Lautrec a diez euros; y en Roma hay que bajar unos cuantos escalones para tocar el agua del Tíber a su paso por el castillo de Sant Angelo; en el puente del Alma, sobre el Sena, murió lady Di, rodeada de paparazzis. El Manzanares era un arroyo infame hasta que Tierno lo empezó a reivindicar con ayuda de los patos. Ahora anidan nuevas aves en los huecos de su cauce y corre el agua y ya no huele, recorriendo un Madrid al que lo que le faltaba era un río con fundamento. Yo me alegro, porque me encanta Madrid, donde pude vivir en mi propia casa cuando atábamos los perros con longaniza, antes de tenerla que devolver al banco. Por desgracia, no pude disfrutar del Manzanares, que no era río ni era nada hasta lo de Tierno y sus cisnes, bastos pero relucientes, nadando sobre el surco de plata de los atardeceres, bajo las frondas forestales de los árboles que escoltan la serpentina de agua. Madrid ya tiene río, menos mal, y entonces también es más capital. Porque una ciudad sin río no es una ciudad ni es nada. Ahora falta que el espacio nuevo se vuelva animado y que vaya allí la crema de la intelectualidad, e incluso la Virgen de la Paloma y el cornudo de San Isidro, que lo era, según Raúl del Pozo, que escribe de Madrid.

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