Javier Marías, académico, deslizó un espúreo (por espurio) en uno de sus artículos y luego intentó convencer a sus colegas de que incluyeran la incorrecta voz en el diccionario. El error fue tan redondo que hasta le colocó la tilde al invento. Lázaro Carreter, en los 90, cometió idéntico error, que rectificó posteriormente en uno de sus dardos. Los académicos, los catedráticos y los magistrados -hablo en general- son muy orgullosos y suelen dar por excelente todo lo que escriben. He leído aberraciones ortográficas en artículos, sentencias y ensayos. Todos nos equivocamos y más cuando usamos con frecuencia, y por escrito, un idioma tan bello y tan difícil como es el castellano. Tenemos que agradecer a los correctores electrónicos, por ejemplo, la oportunidad de escribir hégira o égida. Pero es bueno aparcar el orgullo y aceptar con humildad las equivocaciones. Shakespeare ya dijo que el hombre orgulloso se devora a sí mismo y sobre todo los cronistas tendríamos que aceptar que el orgullo es el complemento de la ignorancia, como dijo alguien de quien ahora no me acuerdo, ni falta que me hace. No saben ustedes lo que cuesta acertar. Cada vez que leía un escrito mío, cuando se publicaba al día siguiente, le encontraba algún fallo. Por eso ya no los reviso sino en el ordenador, lo del periódico se lo dejo a los desocupados lectores. Cuántos asuntos amorosos no se hubieran resuelto con el orgullo aparcado. Y cuántas conversaciones de paz. Y cuántas rencillas familiares. Pues con el uso del idioma ocurre igual. A mí me gusta más espúreo que espurio, pero resulta que la forma correcta es la segunda, a pesar de que Marías y Lázaro Carreter, paz descanse, emplearon mal la voz. Alguien debió decirles que era espurio utilizar espúreo. Por ejemplo, yo.
