Avisos políticos

Asturias

Una niña -o un niño- de trece años debe hacer cosas propias de su edad. Debe estudiar las materias que correspondan, y debe jugar y divertirse con niños -y niñas- de su edad. No parece que una niña de trece años deba participar en actos de adultos que hablan de cosas que no tiene por […]

Una niña -o un niño- de trece años debe hacer cosas propias de su edad. Debe estudiar las materias que correspondan, y debe jugar y divertirse con niños -y niñas- de su edad. No parece que una niña de trece años deba participar en actos de adultos que hablan de cosas que no tiene por qué entender. Y mucho menos se le debe exigir a esa niña compromisos políticos de acatamiento de la Constitución y voluntad de servicio a España y los españoles, cuyo alcance y contenido no tiene por qué comprender y muy probablemente no comprende. Y que ni siquiera está claro que alguna vez en el futuro pueda hacer efectivos. Porque, entre otras cosas, tengamos en cuenta que una niña -o un niño- de trece años es inimputable porque no es responsable judicialmente. Lo que significa que la propia Ley española considera que no tiene uso de razón suficiente y no es, por tanto, responsable de sus actos.

Los Premios Princesa de Asturias son desconocidos fuera de España, y, al revés que otros premios de reconocimiento universal, la categoría o la fama de sus premiados son los que prestigian y divulgan el premio. La ceremonia de entrega de los correspondientes a este año se celebró el viernes pasado, con asistencia no solo de la Familia Real, sino también de las altas autoridades del Estado. Y la gran novedad fue la presencia por primera vez en esta ceremonia de la hija mayor del Rey y de su hermana, un año menor que ella. Una afortunada -y previsora- asignación coincidente de sus sexos, porque, tal como están las cosas, no cuesta imaginar lo que ocurriría si el heredero fuese un varón o, peor todavía, fuese el menor y, de acuerdo con la Constitución, tuviera preferencia sobre su hermana mayor. La presencia de la princesa se correspondía con la asistencia de su padre por primera vez a una ceremonia similar a la misma edad -igualmente criticable- hace treinta y nueve años.

El contraste entre la escena asturiana y las hogueras que, al mismo tiempo, incendiaban las calles de Barcelona nos mostraba el error de los Borbones y de los propios constituyentes de 1978 al primar un título castellano frente al título equivalente de la Corona de Aragón -Príncipe de Gerona- y del Reino de Navarra -Príncipe de Viana-, los tres Reinos que alumbraron España, como nuestro Escudo muestra con claridad.
Somos un pueblo que desconoce su historia y asume falsas tradiciones inventadas. Y el nombre oficial de la Comunidad Autónoma asturiana -Principado de Asturias- es una buena muestra que nos produce rubor. Asturias no fue un Principado, fue un Reino que fundó lo que luego sería España, el primero de una sucesión de Reinos que culminó en el Reino de Castilla. Y cuando en 1388 Juan I de Castilla le concede a su hijo Enrique el título de Príncipe de Asturias, se lo concede como una dignidad meramente honorífica que pone de relieve su condición de heredero de un Reino.

En algún momento el título comportó también un señorío jurisdiccional, los señoríos que fueron abolidos por las Cortes de Cádiz. No estaría de más que los asturianos, más allá de los cuentos de hadas, reivindicaran su auténtica historia y su personalidad.