despuÉs del parÉntesis

El portero y el penalti

Cuentan que una joven ensayista necesitaba hablar imperiosamente con él. Precisaba resolver dudas sobre su obra para completar el trabajo

Cuentan que una joven ensayista necesitaba hablar imperiosamente con él. Precisaba resolver dudas sobre su obra para completar el trabajo. A través de amigos y de la editorial, consiguió la visita. Acudió a la casa a la hora convenida, le abrió, la saludó, la invitó a pasar…, pero no contestó a una sola pregunta de la muchacha. No le interesaba su obra, que no había vuelto a leer, ni discusión alguna sobre literatura. Vivía su alejamiento en Francia y solo ello le interesaba. Angustiada la chica se despidió. Cuando apenas se había alejado de la entrada unos doscientos metros, Peter Handke salió de su mansión, la hizo retroceder y le regaló una bolsa de naranjas que había cogido de su huerta para que se diera el placer en el largo viaje de regreso. Peter Handke es radical cuando traza el cerco de sus personajes: Carta breve para un largo adiós, La tarde de un escritor, El momento de la sensación verdadera… También en sus intervenciones fuera de la ficción. Así, Europa contra Serbia. Rechazó esa actitud de manera airada, incluso con un libro: Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o justicia para Serbia. No se calla, ni para confesarse. Para eso sirve la escritura. Lo aclamó después de un suceso doloroso de su vida: el suicidio de su madre. Habría de escribir, se dijo entonces, escribir convulsivamente para que el cosmos no se disolviera, para no precisarse expulsado. Eso es su diario, El peso del mundo. Hay otra razón que impone severidad al escritor austriaco: la responsabilidad, y sin renuncia: su hija, una niña que la madre abandonó al cuidado de su padre. Él se comprometió con ella hasta los 18 años, sin paréntesis ni distracciones. Una historia confirma la trama manifiesta: El miedo del portero al penalti. Josef Bloch es expulsado de su trabajo y vive la nada como un prófugo. Acude a su exesposa y le da la espalda. Va al cine, conoce a una portera, tiene relaciones con ella. Cuando le propone formalidad, la mata. Huye a la frontera. La soledad más pavorosa, tanto que no estaría por demás inventar una nueva lengua en el sobrevivir. Ha de cruzar el límite. Cuando está a punto de ello, mira al campo de fútbol del fondo. EL árbitro ha pitado un penalti. Traspasa sin conocer la solución. ¿A dónde va? A la dirección inversa; no del Este a Occidente, de Occidente al territorio de los comunistas. El mundo no se disloca; el mundo se manifiesta por la contundencia de quien lo confirma desde el revés: Peter Handke.

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