el búho de minerva

El suicidio

En el año 2017 se suicidaron en España 3.700 personas, casi el triple de los fallecidos ese mismo año por accidentes en carretera. Estas cifras no suelen ser transparentes, el Estado las suele ocultar con bastante celo. Pareciere que el suicidio fuera una vergüenza, una mácula social, algo que hay que tapar como sea. El último caso famoso, de lo que probablemente fue un suicidio, fue el de la deportista Blanca Fernández Ochoa. No sé si dieron cuenta que los resultados definitivos de la autopsia no fueron hechos públicos corriéndose un tupido velo sobre el caso. El suicidio es algo oculto, está y parece que no está, aparece y se esconde. El suicidio es un tabú. ¿Pero siempre ha sido así? Si vamos a la antigua Grecia, la mayoría de los filósofos censuraban el suicidio. Consideraban que perturbaba el libre devenir del alma después de la muerte, que era separarse del cuerpo. El suicidio era considerado como una muerte estéril e impura, mientras que la muerte por honor o por la patria era loable. En la antigua sociedad griega los hombres morían en la guerra cumpliendo el ideal de civismo. El suicidio era algo trágico, no heroico. Llegándose a considerar un delito de estado. Es de destacar en esta particular concepción, como no está recogido el derecho individual, que queda subsumido al de la comunidad. Uno de los puntos de discordancia con este punto de vista lo protagonizó el filósofo Epicuro, estimando que si el dolor físico era un tormento insoportable el aquejado podía suicidarse, esbozándose aquí una especie de libre albedrío, y un incipiente derecho individual. Platón lo admitía en caso de amor o de enfermedad, mientras que Aristóteles lo condenaba casi sin paliativos como delito de estado. Observamos, pues, como el suicidio en la antigua sociedad griega era un problema. En la antigua Roma las cosas no cambiaron mucho. Hubo un caso muy particular que se registró en la población de Massalia. Allí se podía pedir permiso al senado para poder suicidarse, lo que se desconoce es la cantidad de peticiones que eran aceptadas. Un suicidio famoso fue el de Marco Antonio y Cleopatra. También Nerón se suicidó. No hay que olvidar que, tanto en Grecia como en Roma, a las personas de alta alcurnia se le daba la alternativa de acatar la pena capital de manera pública o suicidarse privadamente, como el caso de Sócrates en Grecia, o Séneca en Roma. Precisamente, los estoicos -escuela a la que pertenecía Séneca- era algo más laxa con el suicidio, y el propio Seneca llegó a elaborar una teoría en defensa del suicidio, en la que, resumiendo, dijo que: si tenía libertad para escoger sus bienes en vida, también la tenía para escoger el tipo de muerte que quería para sí. Hasta aquí el suicidio es considerado un trasunto, justificable si se trata de conseguir un bien superior, pero no asunto, justificable por sí mismo. Veamos que sucedió después
Con la llegada del Cristianismo el suicidio fue causa de reprobación y condena contundentes, excepto si era por fe: dando lugar al martirologio, siendo encomiable para la fe cristiana no solo la muerte, sino el sufrimiento. No olvidemos que el Cristianismo canonizó el sufrimiento. Esta religión consideraba y considera que a vida humana solo pertenece a Dios. Él ha de disponer sobre ella, quedando el hombre en absoluta sumisión hacia Dios. Es Pablo de Tarso, según muchos, el verdadero creador e impulsor del Cristianismo, quien llega a decir, entre otras lindezas que el suicidio es un grave pecado contra Dios y que los cristianos están obligados a vivir sus vidas para Dios, y la decisión de la muerte es competencia de Dios y sólo de Él. Hay que observar que el Jesús de Nazareth de los evangelios -textos apologetas, no históricos- nunca se pronuncia sobre el suicidio. Para la doctrina católica medieval, que estableció una auténtica inquina hacia el suicida, el suicidio era un acto contra Dios, contra la sociedad y contra el propio individuo, llegando a denegar el enterramiento en campo santo. Todo esto significó un acto de irracionalidad y desvarío histórico que habrá originado el desasosiego y el sufrimiento no se sabe de cuántos creyentes.
Con el devenir de los siglos y la aparición del Renacimiento la estimación del suicidio como algo condenable y criminal empieza a cambiar, se empieza a ponderar que el dolor y un sufrimiento interminable pueden justificar el acto suicida. Shakespeare es una referencia en la aceptación del suicidio con su obra “Romeo y Julieta”. Pero fue el filósofo inglés, David Hume, quien rompe una lanza a favor del suicidio como derecho individual. Mediante una serie de argumentos agudos y cargados de sensatez, Hume desmonta la creencia que todo lo controla la voluntad divina y eleva a derecho inalienable que alguien pueda quitarse la vida cuando estime oportuno hacerlo. En aquellos tiempos fue una idea revolucionaria, porque afirmaba la voluntad de la persona sobre Dios y sobre la comunidad. Y yo diría, que el siglo XXI, sigue siendo revolucionaria. A algunos les digo, que Hume no era un apologeta del suicidio sino un defensor de su legitimidad. Lo digo porque vivimos en una época en que todo se tergiversa, sobre todo por parte de la clase política que manipula el significado de las palabras según sus intereses ideológicos.
Así llegamos hasta hoy con el suicidio despenalizado, pero siendo considerado como un tabú, como un estigma. Esto tiene que ver con otro tabú: la muerte, de la que ya he hablado en mi artículo: “El buen morir” pero de la que seguiré hablando. Desde estas páginas reivindico el suicidio como acto de suprema libertad. De todo tipo de suicidio. Del que es cometido con plena lucidez, o del que es provocado por un sufrimiento y una indignidad interminables. Porque -y ya lo he dicho- la vida no es un valor absoluto. Nadie nos puede obligar a vivir, y menos un supuesto dios, que del cual lo único que conocemos es su ausencia. Cuando la vida pierde su esencia y su sentido y se convierte en un lastre, tenemos todo el derecho del mundo a renunciar a ella. Hay algunos, necios, que consideran al que comete suicidio un cobarde, ignorando de manera estrepitosa que atentar contra la propia vida y la integridad corporal es algo extremadamente pesaroso e ímprobo, pues lo hacemos contra el instinto de conservación. Por eso, la mayor libertad que puede esgrimir un hombre es la libertad contra el orden, natural o civilizatorio, establecido. El suicidio es el último acto de una persona libre.

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