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Esperpento

Lo esperpéntico del desfile del otro día en Madrid no fue que un paracaidista experto y abanderado se quedara enganchado en una farola de la Castellana, que esto le puede pasar a cualquiera. Lo esperpéntico fue ver sobrevolar Madrid al helicóptero de la Agencia Tributaria, puede que cargado de cartas negras para los contribuyentes. A […]

Lo esperpéntico del desfile del otro día en Madrid no fue que un paracaidista experto y abanderado se quedara enganchado en una farola de la Castellana, que esto le puede pasar a cualquiera. Lo esperpéntico fue ver sobrevolar Madrid al helicóptero de la Agencia Tributaria, puede que cargado de cartas negras para los contribuyentes. A lo mejor el año que viene desfilan los inspectores de Hacienda detrás de la Guardia Civil, con las actas al hombro a modo de mosquetones. Este país no tiene remedio. Ni siquiera el desfile del día nacional tiene la cosa clara e incorpora a Hacienda a las Fuerzas Armadas, como si los agentes tributarios fueran los seals que abatieron a Bin Laden. Los socialistas siempre han tenido una relación de amor-odio con la Agencia Tributaria y ahora por último le dan carácter de fuerza armada, con helicóptero y todo, quién sabe si fotografiando al prójimo, a ver quién se ha construido una piscina en las azoteas de Madrid. Una vez, cuando yo tenía chalé, un helicóptero se instaló sobre mi casa y un tío hacía fotos y más fotos, violando cualquier tipo de privacidad y abusando de mi paciencia, sobre todo de la de mis oídos. En fin, que este país no tiene medida de nada y que a mí me extrañó este alarde tributario aéreo, innecesario, extemporáneo y fuera de toda lógica, porque mezclar las churras con las merinas no tiene sentido alguno. Un Eurofighter, un P-3 Orion, un F-18 y al lado el helicóptero de la Agencia Tributaria, como si fuera un miembro más de la Patrulla Águila. ¿No es eso pasarse de rosca? Yo apagué la tele, porque el dichoso autogiro se me venía encima, como una maldición, renegué de Juan de la Cierva e intenté, en vano, seguir durmiendo porque veía cartas negras por todas partes. ¡Dios, qué pesadilla!