el charco hondo

Islas enmarañadas

A ojos de inversores que acaban tirando la toalla por cansancio, aburrimiento o ambas cosas, o que llegando a sus oídos o despachos algunos caos precedentes optan por irse con sus proyectos a otra parte, somos las Islas Marañas. El siempre penúltimo ejemplo del susto o muerte con que en este Archipiélago recibimos a quienes, excéntricos sin saberlo o héroes inconscientes, asoman por aquí pretendiendo invertir, ha aflorado en el muelle del Refugio, en Las Palmas de Gran Canaria. La falta de certidumbre sobre el tipo de evaluación ambiental que requiere un centro náutico de servicios (un taller para mega-yates) tiene paralizada una licencia hace un buen puñado de eternidades. En la línea donde se abrazan drama y comedia, el caso radiografía la capacidad que estas Islas tienen para ahuyentar, cansar, aburrir o cabrear a quienes cometen el pecado de querer invertir en las Islas Canarias o Marañas. Como ocurre en otros cientos o miles de ejemplos, lo del taller resulta sintomático. No se sabe qué tipo de evaluación ambiental requiere. Se desconoce cuál es la Administración competente para elaborarla. El Ayuntamiento está a la espera de aclarar qué tipo de procedimiento debe ser aplicado, y ha preguntado al Cabildo de Gran Canaria qué hacer, pero en la Corporación Insular no se dan por aludidos. La Comisión de Interpretación y Seguimiento del Plan General de Ordenación dictaminó a favor de un proyecto modificado, pero se suscita la duda de si lo que necesita el taller para arreglar barcos (grandes) es una evaluación de impacto o un estudio de incidencia, interrogante que caso de ser despejado ayudaría a averiguar si debe ser el Cabildo o no el que proceda con la evaluación de impacto o incidencia, y en ese supuesto se preguntan las Administraciones si la actividad es de astillero o varadero. El Cabildo jura que no tiene nada que decir, Sanidad apunta que cuidado con el bienestar y la calidad de vida, y los inversores del taller de yates aguantando de momento las enormes tentaciones de hacer las maletas e irse de unas Islas donde la seguridad jurídica se reduce a un párrafo en los discursos o en dosieres de promoción exterior. ¿Cómo sorprendernos de que muchos inversores pierdan la paciencia y se vayan? ¿Cuántas veces se ha proclamado la defunción de la maraña administrativa, o aquello de agilizar y simplificar, sin que hasta la fecha se haya desenredado ni lo más mínimo? Si se evaluara el impacto que provoca la desinversión por agotamiento podría dimensionarse la magnitud del dislate, pero tampoco se sabría qué Administración sería la encargada de evaluarlo.

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