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La guerra perdida

Las polémicas y enfrentamientos suscitados por el traslado de los restos del general Franco nos muestran que, por desgracia, las dos Españas no son una mera figura poética afortunada, sino una realidad incardinada en la sociedad española, una realidad que, además, la define. No solo somos un pueblo que desconoce su historia y asume falsas tradiciones inventadas. Lo peor es que nuestra sociedad vive anclada en un pasado que empieza en la Segunda República, y vuelve una y otra vez a revivirlo y a imaginar -fabular- que puede cambiarlo -o explicarlo- a gusto de cada uno: nuestra milenaria historia no existe, es una pantalla en negro. Casi cincuenta años después del final del régimen es como si Arias Navarro nos acabara de informar que Franco ha muerto.

Desde la Guerra de las Comunidades de Castilla y las Germanías de Valencia hasta la Tercera Guerra carlista, pasando por los levantamientos de 1640 y la Guerra de Sucesión, los españoles nos hemos matado sistemáticamente unos a otros a lo largo de nuestra historia, y los huesos de cada guerra civil se superponen. La guerra civil es un componente estructural de nuestra historia igual que nuestro siglo XIX es un sucederse incesante de pronunciamientos y golpes militares de uno y otro signo. Hemos expulsado a una reina, cambiado de dinastía y proclamado a cuatro presidentes en once meses de República. Incluso hemos soportado una breve dictadura al final de la Restauración. Y abolido la monarquía como resultado de unas elecciones locales en la que esa cuestión no se votaba. Pero en ninguno de estos casos hay precedentes de que, transcurridos cuarenta o cincuenta años, su memoria presidiera y fundara nuestra vida colectiva. Por eso el éxito de nuestra Transición a la democracia reside y se fundamenta en la Ley de Amnistía, en un olvido voluntario y en un volver a empezar. Un aceptar que ninguna de las dos España tiene el monopolio de la razón y de la verdad, y que lo pasado ha pasado definitivamente. Una aceptación y un olvido en el que coincidió una clase política muy superior a la actual, desde Fraga Iribarne a Santiago Carrillo y Felipe González, y que mediocres aventureros de la política están ahora dinamitando.

Otra lamentable característica de nuestra historia es la paradoja y la contradicción. Testimonios familiares avalan que Franco nunca manifestó su deseo de ser enterrado en un lugar cuya mera denominación lo excluía (un supuesto comentario suyo no está verificado), y que el Rey y Arias Navarro decidieron en contra de la opinión de la viuda. Y lo enterraron junto a José Antonio, un político que en vida mantuvo con el general una recíproca e intensa animadversión. Y cuya obra el general -que lo llamaba “ese chico”- destruyó al obligar a la Falange a fusionarse con el Requeté, hasta el punto de encarcelar (en Las Palmas, por cierto) a Manuel Hedilla, el sucesor de José Antonio. A pesar de lo cual, los franquistas cantaban -y cantan ahora- el Cara al sol.

Como era de esperar, la pretendida equidistancia y neutralidad de la reciente película de Amenábar no es tal, y naufraga entre caricaturas de personajes, diálogos inverosímiles y escenas improbables. Una muestra más de que por el camino que vamos -y por el que nos llevan- los españoles nunca llegaremos a firmar la paz con nosotros mismos.

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