el charco hondo

Los ceros del cero

Durante nueve horas (o bastantes más, en según qué municipios) solo funcionaron las playas, las montañas y el parchís. Fueron horas en las que Red Eléctrica goteó más vaguedades que certezas, un largo y cálido domingo con el Gobierno poniendo más ganas que datos verdaderamente útiles (pusieron los consejeros mucha voluntad, es cierto, pero no es fácil hacer una paella sin arroz; y lo que REE les iba contando no daba ni para encontrar las velas). Al otro lado del hilo, donde sucede la vida, durante esas horas cerca de un millón de usuarios no escuchó algo que no fueran frases inocuas, escapismo, afirmaciones de relleno, un sinfín de parece ser, por lo visto, según nos indican, creemos que, esperamos, todavía es pronto. El domingo se fue la luz, pero no solo, también se apagó la información que hora a hora bien pudieron trasladar aprovechando las redes sociales; porque, más allá de algunos tristes tuits, un comunicado cerca de las nueve de la noche es tomarse las cosas con excesiva calma. Esto pasa también en las primeras ciudades o países del mundo, es verdad, y todos los sistemas son vulnerables, claro que sí, ¿y?, ¿eso es todo?, ¿y ahora a olvidarnos hasta que vuelva a ocurrir? El riesgo cero de cero energético no es posible, pero tratándose de un sistema no continental (una suma de sistemas aislados, como es nuestro caso) no basta con aplicarnos las recetas universales. A mayor vulnerabilidad, mayor debe ser la capacidad de respuesta, y es ahí donde pinchan otra vez los responsables. Los ceros energéticos no pueden evitarse, pero sí es exigible que se nos garantice una respuesta adecuada. Como ya ha ocurrido, y volverá a pasar, en Red Eléctrica aguantarán el chaparrón, conscientes de que en días o semanas dejaremos de hablar del asunto porque la realidad será ocupada por otros capítulos. Y no. No puede ser que pasen otros diez años sin que nada pase. ¿Se invierte? Sí, pero seguimos sin concretar cambios profundos en el sistema de transporte y con una capacidad de respuesta manifiestamente insuficiente. Durante más de nueve horas se acumularon preguntas sin apenas respuestas, y ahora, a apagón pasado, huele a más de lo mismo, a seguir ganando un tiempo que no podemos seguir perdiendo. El pecado no es el apagón, a veces inevitable. Es otro. El problema es la poca capacidad de respuesta y la desgana con la que se gestionó la inquietud de un millón de clientes que además somos contribuyentes.

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