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Su última reverencia

Es curioso que todos los análisis al uso de Ciudadanos, que, a partir de sus fundamentos liberales y centristas, le empujan a pactar con el PSOE para asegurar la estabilidad del sistema político, omiten la variable principal. Y la variable principal es Albert Rivera. El problema es que esa ubicación ideológica y su subsiguiente estrategia comportan un permanente futuro minoritario. Un partido liberal se sitúa en un centro político convencional, lo que significa que asume ser un partido bisagra condenado a pactar a su izquierda y su derecha siempre desde una posición minoritaria, ya sean acuerdos de investidura, de legislatura o, incluso, de Gobiernos de coalición. Condenado a pactar para que el partido mayoritario de turno gobierne, a cambio de conseguir, en el mejor de los casos, que ese partido mayoritario acepte la presencia en el Gobierno y/o una parte del programa del partido bisagra, y después lo cumpla. O a cambio de nada, como Manuel Valls.

En otras palabras, la líder de los liberales británicos sabe que nunca será Premier, que el Primer Ministro siempre será un tory o un laborista.

Y Albert Rivera no se conforma con ser vicepresidente o ministro en el Gobierno de otro. Albert Rivera quiere ser presidente del Gobierno.

La mayoría de los fundadores de Ciudadanos fueron intelectuales y técnicos que buscaban regenerar el sistema político y alcanzar una solución democrática en Cataluña. No aspiraban a desarrollar carreras políticas ni a ocupar cargos y privilegios precisamente porque no eran políticos. Ahora se han caído de su ingenuidad y han descubierto que Rivera sí es un político, y que la política y los partidos tienen razones que la razón no entiende. Y abandonan un proyecto que nunca existió, aunque algunos, como Javier Nart, le han cogido gusto a los cargos y sus remuneraciones y no están dispuestos a dejarlo. En Canarias sabemos bastante de eso.

Rivera y su núcleo duro han elegido abandonar el centro porque su objetivo estratégico es alcanzar el Gobierno, y para eso no sirve un partido bisagra, para eso hay que ir a la derecha. Y en la derecha Rivera pretende sobrepasar al Partido Popular y ganar la plaza de jefe de la oposición como paso previo a un futuro acceso al poder. Su incremento de diputados en las últimas elecciones generales le han convencido de que la operación es posible. Tiene, además, que ganar poder institucional, para ello en muchos escenarios necesita el apoyo de Vox, y resultan patéticos sus esfuerzos por negarlo y por no pactar con ese partido. Pero negar la realidad en política suele conducir al fracaso y, a veces, a la extinción.

En el último caso de Sherlock Holmes (aunque no el último publicado), traducido como Su ultima reverencia en el escenario, sus dotes de observación y deducción en un asunto de alta política se conservan y triunfan una vez más. Después de negarse reiteradamente a entrevistarse siquiera con Pedro Sánchez, la penúltima reverencia -pirueta electoral- de Albert Rivera ha consistido en ofrecer a última hora su abstención a cambio de tres condiciones que sabía los socialistas iban a dar por cumplidas.

Sus dotes de observación y deducción en el escenario político español ni se conservan ni triunfan. En realidad, nunca han existido.

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