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En noviembre lo mejor para la frágil y amenazada democracia española sería un enorme retroceso electoral decisivo e irreversible no solo de Podemos, sino también de Ciudadanos y de Vox, partidos que han demostrado no ser capaces de aportar nada a la política y a la sociedad españolas, y, por el contrario, se han convertido […]

En noviembre lo mejor para la frágil y amenazada democracia española sería un enorme retroceso electoral decisivo e irreversible no solo de Podemos, sino también de Ciudadanos y de Vox, partidos que han demostrado no ser capaces de aportar nada a la política y a la sociedad españolas, y, por el contrario, se han convertido en una fuente de inestabilidad y de confusión. Por su culpa, el país lleva muchos meses paralizado y sin Gobierno. En otras palabras, lo mejor es retornar al bipartidismo -imperfecto-, que nunca debimos abandonar. Porque no olvidemos que las antiguas y genuinas democracias anglosajonas han apostado siempre por el bipartidismo -incluso perfecto-. Y cuando lo han abandonado, como el Reino Unido, su sistema político se ha resentido.

La grave crisis que está sufriendo Ciudadanos es muy representativa de los graves problemas y la crisis de esos nuevos partidos emergentes. Son partidos que disponen de estructuras regionales muy débiles y a medio hacer, sin la imprescindible capilaridad social; importantes carencias de medios humanos y materiales, y dirigentes improvisados o aceptados con premura sin la necesaria contrastación. En sus listas han abundado más de lo soportable personajes en busca de autor, buscadores de cargos y nóminas, y evidentes futuros tránsfugas. Gente que se escuda en las siglas del partido para tomar sus propias decisiones y defender sus intereses, que algunos medios llegan a calificar de inconfesables. En el caso concreto de Ciudadanos, lo menos que se puede decir es que no ha prestado suficiente atención a su organización ni a la selección de sus candidatos; y que su política de comunicación es un desastre. Aunque hemos de reconocer que el partido y sus dirigentes han sufrido -están sufriendo- una brutal campaña mediática de linchamiento político y personal, y de apoyo y exaltación de sus tránsfugas.

No son casualidades los sucesivos fracasos del centro político y partidista español. No es una casualidad que, desde la Transición, todos los intentos centristas anteriores siempre hayan fracasado, y sus partidos y sus expectativas. hayan quedado destruidos en poco tiempo.

Cuando la UCD, que podía haber sido el gran partido del centro derecha español hasta nuestros días, fue destruida desde dentro, víctima de la pulsión irrefrenable hacia el suicidio y la autodestrucción que sufre la derecha española, Adolfo Suárez intentó replicarla en el Centro Democrático y Social, cuyo previsible fracaso ni siquiera su carisma y su liderazgo pudieron evitar. El problema, que le obligó a dejar la política, era que, a diferencia de la UCD, el CDS sí era un partido de centro, un partido de centro que inició la lista de los partidos y las coaliciones de centro que han fracasado y se han mostrado como inviables en la democracia española. Baste con citar, como ejemplos, al Partido Reformista Democrático de Miquel Roca, entre 1983 y 1986, y, más recientemente, Unión, Progreso y Democracia, de Rosa Díez, cuyo fracaso se presenta en coalición con el fracaso de Ciudadanos.

La democracia española vive con el alma aferrada al dulce recuerdo del bipartidismo, que llora otra vez. En noviembre los españoles podemos dejar de llorar. Y encontrarnos con el pasado que vuelve.