En una pequeña tiendecita de Roma, junto al Panteón, vendían moleskines personificadas. Una máquina grababa tu nombre en la tapa. Entré, con mi hija María Eugenia, y nos hicimos tres libretas, una a nombre de ella, otra de su hermana Cristina y otra con el mío, grabadas todas en dorado. Esa libreta yo no la he usado, no he anotado nada en ella con el bonito bolígrafo de diseño que te vendían aparte y que encajaba perfectamente en la propia moleskine. En una tienda de anticuarios en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, compré cuatro figuras chinas, de terracota fina, muy pequeñitas, que son la admiración de cuantas personas las contemplan, en mi casa. Me costaron muy baratas, pero yo creo que el anticuario no sabía lo que vendía. Me parecen extraordinarias. En el gran bazar de Yakarta no compré un Rolex antiguo que me vendían por cien dólares. Era auténtico. Al día siguiente fui a buscarlo y me lo habían levantado. En un estudio del Soho, en Nueva York, compré una estatuilla de Denis Colliura, muy barata entonces; era un escultor joven que había aparecido en el dominical de The New York Times. Se perdió en una de mis numerosas mudanzas. En el referido San Telmo bonaerense me ofrecieron un manuscrito de García Márquez, que no me atreví a llevarme -era algo caro-, pero me hice con las obras completas de Emilio Zola, en una edición numerada y pintadas a acuarela en sus lomos. Cuando uno va por el mundo tiene que aprovechar las oportunidades, que siempre se presentan. Yo he coleccionado de todo, pero eran otros tiempos, porque siempre te llega la hora de comprar y la hora de vender, actos paralelos a la propia vida. En ocasiones es bueno hacer una crónica de las cosas pequeñas; algunas de ellas las he tenido que vender para sobrevivir.
