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Del rosa al amarillo

En los últimos tiempos la opinión pública mayoritaria parece coincidir en su crítica a los líderes políticos por no haber sido capaces de llegar a acuerdos que impidieran las elecciones de noviembre. Una crítica que se extiende a las propias elecciones: cuatro convocatorias electorales en cuatro años resultan excesivas, aunque votar siempre es democrático. En líneas generales estamos de acuerdo con ese planteamiento, pero siempre que lo corrijamos con importantes matizaciones.

La errónea tendencia general ha sido presentar la incapacidad de entendimiento de nuestros políticos en términos de prensa rosa, como si se tratara de una telenovela en la que primaran los amores y los odios personales. Nada más lejos de la realidad: esta incapacidad de entendimiento ha tenido su origen en causas políticas perfectamente objetivables. En primer lugar, no ha sido general de todos los políticos y todos los partidos, se ha limitado a los únicos dos acuerdos posibles. El ganador de las elecciones de abril fue Pedro Sánchez, y, a partir de la configuración del Congreso resultante, los dos únicos pactos viables se limitaban a los socialistas con Podemos o con Ciudadanos. Todo lo demás no contaba porque no era posible, salvo una abstención de los populares que, después de su contundente derrota, contrariaba frontalmente sus intereses estratégicos.

Podemos es una formación antisistema y populista que ha derivado hacia una concepción estrictamente leninista. Una concepción cuyas diferencias con Izquierda Unida y su principal componente, el Partido Comunista de España, se concretan en ese leninismo frente al mero marxismo de los comunistas. Un marxismo que, por otro lado, comparten con el sector no socialdemócrata del PSOE, el sector sanchista. A pesar del forzado ofrecimiento de una vicepresidencia y tres ministerios sin contenido, Pedro Sánchez siempre tuvo claro que introducir a Podemos en el Consejo de Ministros, aparte de dinamitar el secreto de sus deliberaciones, implicaba crear dos Gobiernos en uno, que terminaría estallando en pocos meses. Lo resumió muy bien cuando confesó que no dormiría por las noches si la gestión económica y financiera del país estuviera en manos de los podemitas: estaba hablando del sectarismo y la falta de experiencia en la gestión de la gente de Pablo Iglesias, al que vetó personalmente.

En cuanto al segundo pacto posible, de los socialistas con Ciudadanos, era imposible por dos fundamentales razones. Primero porque colisionaba ideológicamente con el sanchismo y el sentir de un segmento muy importante de la militancia socialista, haciendo imposible un programa político conjunto. Y después, y en relación con lo anterior, porque también colisionaba con los objetivos estratégicos de Albert Rivera, en un viaje desde el centro a la derecha que le permitiera sobrepasar a los populares, alcanzar el liderazgo de la oposición y, desde ahí, intentar en el futuro la Presidencia del Gobierno, su auténtico y frustrado anhelo.

La explicación alternativa a la rosa de la incapacidad de entendimiento de nuestros políticos es la explicación amarilla: nuestra cultura picaresca, cainita y guerracivilista impide los pactos entre las dos Españas. Y nos tememos que es una explicación más ajustada a la realidad.

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