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El castillo de Jaén

Jaén tiene un castillo muy bonito, que explota la red de Paradores de Turismo y en el que se dice que habita un fantasma. Allí pasamos una noche -por cierto, inolvidable- mi amiga y yo, hace algunos años. Con la mala suerte de que cuando acabamos lo nuestro y nos disponíamos a dormir, unos cuantos indocumentados insistieron en ofrecernos una serenata. Fueron tan insistentes y pesados los cantores, cargados todos ellos, y cantaban tan malamente, que ideamos una fórmula que creímos infalible para que se quedaran contentos y se fueran de allí. Craso error. Eran las fiestas de Jaén y estaban bien pertrechados de elementos líquidos y supongo que de otras sustancias de singular arraigo en la población juvenil. Mi amiga me sugirió que si ella salía en tetas a la ventana, aquellos la iban a homenajear con sus aplausos y acabarían largándose a casa. Leche de machanga. Se despojó mi acompañante de la parte alta del pijama y los saludó desde las alturas, ante el clamor de los asistentes, que es verdad que cejaron algo en sus vítores, tras la visión, por cierto, muy agradable. Pero al cabo de media hora o así, ya ambos adormilados, nos alteró un griterío aún mayor. Nos asomamos y allí estaba todo Jaén, esperando que se repitiera la aparición de la ventana. No me extraña que en aquel castillo habite un fantasma, que no nos dio la lata. Por supuesto que la chica no repitió la sesión de anatomía comparada sino que llamamos al conserje de noche para que nos cambiara de habitación, como así hizo. En el traslado oímos cómo se rodaba un mueble de una de las estancias. “Es el fantasma”, nos dijo el empleado, con toda naturalidad. El ruido, eso sí, era mucho menor que el del público expectante.

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