tribuna

El elefante de Downing Street

¿Perderemos turistas, tomates, pepinos y semillas de papas sin escarabajo? Boris Johnson no es Churchill, sino la nueva reina inglesa con el tupé de trump

El brexit ha sido un volcán que no acababa de entrar en erupción hasta que ha llegado otro parto de la naturaleza, este primer ministro con tupé, y el jueves Europa, la idiosincrasia de Europa y toda su integridad entró, al fin, en desgracia. No era una tarea fácil amputarle un brazo o un pie a la ya de por sí deforme Unión Europea. Los enemigos de Europa han estado alerta durante más de medio siglo de europeísmo a fuego lento como buitres carroñeros. Y el éxito de esta escisión británica ya inevitable ha sido el fracaso de su peor generación de líderes. Ese sujeto Farage, que alardea de pinta de cerveza y cigarrillo en tiempos de no smoking, se saltó todas las normas y puso al país en pie de guerra con Bruselas. Un solo hombre puede derrumbar los cimientos de un país y tirar por tierra toda su historia. Cuando alentó el referéndum que socavó en 2016 la presencia de Reino Unido en la UE era un outsider condenado a la marginalidad y la burla (curiosamente, como Jair Bolsonaro, como Johnson, como Trump). Hoy es un visionario de la desconexión y solo la historia lo designará como héroe o villano.

A los canarios nos amargan las Navidades porque el asombroso respaldo electoral de Boris Johnson, con holgada mayoría absoluta, arruina toda expectativa de revertir el proceso de divorcio, y el 31 de enero, “sin peros ni dudas”, como engatilló el primer ministro fanfarrón, comienza el periodo transitorio de once meses hasta el adiós final. ¿Perderemos turistas de los cinco millones que vienen asiduamente al año? ¿Venderemos menos tomates y pepinos en el mercado inglés? ¿Dónde compraremos ahora las semillas de las papas de consumo? (Asaga hace incursiones en el vivero danés libre de escarabajos.) Tenerife sufrirá buena parte de los estragos del brexit y Canarias y todas las RUP verán recortada su parte alícuota de la tarta de los presupuestos europeos de los próximos siete años, pues se marcha del club un contribuyente neto. Hay daños frontales y colaterales en el escrutinio del jueves en las urnas del primo hermano anglosajón. Los planes de contingencia del Gobierno canario contemplan todas las hipótesis, y el lunes se plantará en Londres la consejera de Economía, Carolina Darias, como quien no quiere la cosa.

Alea iacta est, digamos con un latinajo. La suerte ya está echada. Y si 2020 tenía poco lastre con la quiebra de Thomas Cook, la marcha de Ryanair y el monopolio de Iberia (IAG, el holding anglo-español, fagocita a Air Europa, a riesgo de encarecernos los vuelos), esta es otra raya para el mismo tigre. Allí viven miles de canarios amparados hasta ahora en la recíproca amistad comercial que se fraguó en el puerto londinense que lleva nuestro nombre, Canary Wharf. Y aquí tenemos de vecinos a decenas de miles de guiris ingleses preocupados por su asistencia sanitaria y sus hipotecas.

No hay órdago que no engendre otro órdago; la victoria de Johnson convive con la de Nicola Sturgeon, la ministra principal escocesa que es como Torra pero en cuerdo. Los independentistas de la Cataluña británica han cosechado un éxito aplastante en Westminster (48 de 59 escaños; hace una década solo tenían 6) y la euforia les empuja a pedir otro referéndum. Paradójicamente, los escoceses quieren ser europeos; los ingleses, no. Y los irlandeses del norte (que ahora quieren ser la Canarias de Europa), también proBruselas, se quejan de que Johnson ha establecido una frontera en el mar con Gran Bretaña. Reino Unido es desde el jueves un país de países con sus separatismos y su Gales que lo convierten en un gallinero perfecto a escala de las Europas venideras como España y sus semejantes. A este paso, es cierto que los Estados Unidos de Europa se resienten antes de nacer y le saldrán Escocias y Cataluñas debajo de las piedras. Ya nadie es capaz de adivinar qué clase de política y de políticos aguardan detrás del vellón que nos abrigue hasta el último día de 2020 con Reino Unido dándose de baja, qué nos espera en la nueva década desde enero, si el listón de los mandatarios seguirá por los suelos o se abrirá paso una generación que ponga a cada uno en su sitio. Nada. Nadie sabe nada de nada. Para muestra el botón de la desvalida cumbre climática sin nadie que la lidere por más que grite la ONU. No nace.

Esta historia del euroescepticismo es producto de esa esterilidad. En cambio, una matraquilla de xenófobos blandiendo eslóganes y afiches contra la inmigración se yergue. El naufragio de Europa y de sus partidos históricos y de los últimos dirigentes de izquierdas (Corbyn es la última baja de ese parte de guerra) se nutre de la fobia al inmigrante, que es un tema muy fecundo a la hora de alumbrar partidos nuevos y retrógrados. En España es Vox. En Reino Unido fue el UKIP de Farage, que, conservador de toda la vida, dio el portazo cuando los tories lo veían como un bicho raro antieuropeo. El desapego inglés ha triunfado a base de falacias como que salir de Europa ahorraría a las arcas públicas un dineral y otras posverdades. El gentleman intelectual que encarna Bertrand Russell, la magnitud de Churchill y toda la flema británica se han caído por el sumidero con la ira de Boris Johnson, que fue a votar con su perro en brazos como si fuera la reina inglesa con su bolso inseparable. La política sin políticos se ha impuesto como escuela y el asalto de los mediocres a los altares es el mayor fenómeno político actual. El futuro es de esa estirpe que entran en los parlamentos como elefantes en cacharrería. Así es como el exalcalde de Londres acaba de coronarse rey de los tories en la Corte anquilosada de la monarca, la mariposa eterna. Ahora, al calor de este estallido de Albión en las urnas, seguirán aflorando, con la escorias de la explosiones, más trumps en la década que viene, avivados, en su paroxismo, con lo que más los excita, la inmigración.

Los políticos se dotaron de un argot intraducible y el pueblo, harto de pasarlas canutas, acabó conociendo a los populistas más desbocados y de ahí el feeling, pues la gente cuando se cabrea quiere bronca. Ahora nos toca a los canarios tragarnos la nube de cenizas del volcán inglés. El jueves casi tendríamos que haber votado también nosotros, con lo que nos iba en ello, y ahora nos taladran las campanadas de Westminster. El Big Ben. O el Big Bang.

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