el charco hondo

La crisis de los 41

Cuarenta y un años después, la Constitución ha envejecido un par de siglos. De ahí el callejón sin salida que tiene al país pedaleando sobre una bicicleta estática. Así se explica que estemos dándonos cabezazos contra un muro, atrapados en un marco constitucional oxidado, caduco en algunos aspectos, incapaz de dar respuesta a los asuntos mayúsculos porque no se reformó cuando se pudo, y porque ahora, con la realidad pidiendo a gritos poner al día la Constitución, barajar una reforma dibuja un ejercicio de ingenuidad, cuando no de cinismo. Las humedades que desde hace demasiados años arrastra la Constitución no fueron abordadas por el bipartidismo, para qué. Instalados durante décadas en el confort de la alternancia, los dos principales partidos nunca hicieron por dar el paso. Y si es que ahora se lo plantearan, en este momento no es posible siquiera imaginarlo. En cuarenta y un años han pasado demasiadas cosas como para poder gestionarlas sin cambiar algunas reglas de juego, sin corregir algunos marcos que cuelgan del paraguas constitucional o, sumergidos en el griterío territorial, sin dar con el punto donde deben encontrarse los distintos territorios que dan forma, y vida, a este país. Artículos obsoletos, retoques inaplazables, reformas o modificaciones razonables mueren en el trastero de los objetos perdidos, condenándonos a circular por nuestro siglo XXI con un coche averiado. Difícilmente puede una Constitución prematuramente debilitada resolver, así, sin más, un marco de convivencia que chirría social, institucional y territorialmente. Cuando algunos partidos se dicen constitucionalistas, en la ficción pretendida de que bastaría con aplicar la Carta Magna, o ignoran o distraen, porque esta Constitución no está ya en condiciones de sacarnos del atasco. A quienes se proclaman constitucionalistas, como sinónimo de solución, se les pasa por alto (esconden) que la pócima a la que apelan no puede ofrecer la percha adecuada. Como años atrás escribió Javier Pérez Royo, la reforma no era una opción sino una necesidad. Cuando se pudo no se quiso, y ahora que se necesita no se puede. Entre otras cosas porque, dada la mala calidad de la política actuante, no hay materia prima para gestionar los asuntos de un Estado que ha envejecido dos siglos en apenas cuarenta y un años.

TE PUEDE INTERESAR