Con Francia como referencia de oficio, en otros países que no son este a veces pasa que el poder ejecutivo está dirigido por dos personas ideológicamente contrapuestas. Cuando eso ocurre se activan los mecanismos e inercias de una cohabitación que, no exenta de encontronazos, hace posible la convivencia política entre el jefe del Gobierno (y el Gobierno, en su conjunto) y el presidente de la república -lo que por aquí viene a ser el Jefe del Estado; es decir, el Rey-. En España no se da la figura de la cohabitación, al menos no como tal, pero el Rey y el presidente del Gobierno deben llevarse razonablemente bien, sin pisarse en el ámbito de las representatividades y funciones pero también sin noviazgos que destiñan la neutralidad que se exige a la Corona. Las relaciones que el Rey padre mantuvo con los presidentes que le tocaron fueron desiguales. En ocasiones el ego o los instintos expansivos de sus asesores llevan a los presidentes a ocupar el espacio que corresponde al Jefe del Estado, como así pasó con José María Aznar. Ha habido de todo porque en algún momento algunos presidentes tuvieron la tentación de hacer de rey. Sin embargo, quedan escenarios inéditos, convivencias o cohabitaciones nunca vividas en el actual periodo democrático. De ahí que en el discurso de nochebuena la expresión del Rey hijo dibujara el ánimo de quien, obligado a moverse por la cubierta de un barco zarandeado por un mar embravecido, se ve a las puertas de una cohabitación tan novedosa como inquietante, tanto como puede llegar a serlo la condición de Rey con un hipotético Gobierno apoyado en dos grupos parlamentarios republicanos confesos y, en el caso de los independentistas catalanes, manifiestamente partidarios de una realidad sin monarquía y sin España. No debe ser fácil para el Rey imaginarse como jefe de Estado de un país gobernado por un Ejecutivo sustentado en la Cámara Baja por quienes aspiran a otro país sin él. El cacareado acuerdo entre socialistas e independentistas dejará a Felipe VI en la antesala de una cohabitación rara a ojos de la Corona. El documento de PSOE y Esquerra ha tardado en salir del horno porque no es sencillo poner por escrito estas u otras cosas, especialmente dar con una frase en la que se diga que se renuncia sin renunciar al referéndum o la unilateralidad. El discurso del Rey ha transpirado preocupación mal disimulada. Si es que los negociadores dan por fin con la frase, el país estrenará una cohabitación novedosa, extraña.
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