el charco hondo

Muérete

En nuestro país hay libertad de expresión. Saben quienes dicen que no pueden expresarse que si das tu opinión debes asumir el hecho de que puedan llevarte la contraria. Expresar una opinión tiene sus costes. La libertad de expresión tiene sus límites. Esos límites comienzan cuando se propaga el odio, empiezan cuando la dignidad de otra persona es violada. Fin de la cita. Aunque subscribo sin matices la reflexión, lo recién leído no es mío. Me he limitado a extraer parte de un discurso de Angela Merkel en el Bundestag; una posición, la de la canciller alemana, que bien podría cualquier partido de por aquí hacer suya, presentarla como moción, leerla y votarla en alguna sesión plenaria de la Cámara regional, cabildos o ayuntamientos (no lo han hecho, no lo harán); y quien dice corporaciones autonómicas o locales también alude a clubes deportivos, centros educativos o formativos, medios de comunicación o, ya puestos, oficinas, bares y otras factorías de opinión. No estaría de más que en cualquier ámbito se recuerde que, efectivamente, la libertad de expresión debe encontrar su límite en la propagación del odio o, como ha señalado Merkel, cuando se viola la dignidad de otra persona. Y no estaría mal porque, conscientemente o no, en este país -y en estas Islas- se está cayendo en la trampa de ponerse de perfil al paso de pirómanos que están incendiando el monte de los derechos más elementales. Este país está poniéndose de perfil cuando con el lanzallamas de la personalización de los males en el diferente -en el otro, en el distinto- se envalentona a quienes son más permeables a este tipo de veneno (no es que Vox arroje granadas, tal cosa no puede decirse; pero suyo es el clima en construcción). Igualmente de perfil con la barbarie que a veces asoma en los campos de fútbol -y también en banquillos o vestuarios, ojo-. Al Griezmann, muérete los directivos del Barça o del Atlético de Madrid respondieron, de perfil, que son cosas que pasan. Al como te pille fuera, te violo (que se gritó a una colegiada en un partido de fútbol regional canario) se reacciona con una contundencia tan insuficiente como pasajera, de perfil. A las bolas de fuego de la ultraderecha se contesta, otra vez de perfil, enmarcándolas en las cosas del debate político. Siempre de perfil. Dejándolo estar. Permitiendo que el odio gane espacio. Si no marcamos límites a la libertad de expresión, ese odio devorará libertades que creíamos irrenunciables; lo lamentaremos, sí, pero ya será tarde.

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