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Pavana para una Constitución casi difunta

Mañana se cumplen 41 años del referéndum, mediante el cual el pueblo español aprobó la Constitución. Con motivo de este aniversario se han programado los fastos institucionales de rigor y las celebraciones habituales, que incluyen actos académicos, conferencias y homenajes. En los medios de comunicación hemos podido -y podemos- comprobar los acostumbrados y tópicos elogios provenientes de personajes públicos y privados. Y en todos ellos se nos recuerda insistentemente que fue una fecha decisiva en nuestra vida colectiva porque este país culminó así con éxito un modélico proceso de transición pacífica hacia la democracia, dotándose de una Constitución propia de un Estado social de Derecho, homologable con las Constituciones de los Estados de nuestro entorno y aún superior en varios sentidos a las de muchos de ellos.

Eso se ajusta a la verdad, por supuesto. La Transición española hacia la democracia es cierto que fue modélica, y su comparación con otras transiciones, como las iberoamericanas, nos muestra suficientemente sus virtudes. Gracias a esa Transición, España cuenta por vez primera en su historia con una Constitución que no es el fruto de la imposición de medio pueblo español sobre el otro medio, con una Constitución de consenso y no de ruptura que no sirve para que media España le hiele el corazón a la otra media.

Sin embargo, ha llegado la hora de abandonar y superar los elogios al uso a nuestro texto constitucional, elogios retóricos y hueros las más de las veces, y empezar a llamar a las cosas por su nombre. Sería bueno para nuestra buena salud democrática comenzar a reconocer que la Constitución está amenazada, que el fantasma de las dos Españas, recurrente en nuestra historia, no ha sido conjurado, y que el corazón constitucional puede ser helado por cualquiera de sus dos enemigos. Es necesario comenzar a denunciar que los actuales intentos de abrir una segunda transición no solo cuestionan la primera, sino que ponen en peligro lo que trabajosamente hemos construido en estos años, incluyendo la Constitución.

Los ciudadanos de este país de falsas y titubeantes tradiciones debemos reflexionar sobre la trascendencia que la Constitución tiene para nuestro porvenir colectivo y para la organización de nuestra convivencia social y política. No debemos tener ninguna duda respecto a que en estos momentos lo auténticamente importante es defender nuestra democracia y nuestro proyecto democrático común y solidario, objetivo al que todo lo demás ha de ser subordinado. Es vital para nuestro futuro no hacer peligrar el pacto constituyente que permitió nuestra ejemplar Transición política y no contradecir los ideales de ese pacto. Porque si, al final, conseguimos romperlo entre todos, incluso los enemigos de la Constitución lo van a lamentar en el futuro.

La Pavana de Ravel es un canto a un triste pasado español decadente y sin futuro desde un presente francés pujante y esperanzado. La Pavana de Keith Roberts es una tétrica alternativa de pasado desde la visión protestante y anglosajona que identifica a España y al catolicismo con el atraso, el oscurantismo y la reacción. En ambas se muestra lo que llegaremos a ser si seguimos destruyendo irresponsablemente nuestra Constitución.

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