Tribuna

¿Viajar en avión?

Dentro de la actual religión del cambio climático no me gustaría ser considerado ni un apocalíptico ni un integrado. Acaso un hombre que admite ser informado con cierta sensatez. Un hombre insular que sabe lo que significa hoy el transporte aéreo en la cultura viajera del siglo XXI. Un hombre que vive en unas islas […]

Dentro de la actual religión del cambio climático no me gustaría ser considerado ni un apocalíptico ni un integrado. Acaso un hombre que admite ser informado con cierta sensatez. Un hombre insular que sabe lo que significa hoy el transporte aéreo en la cultura viajera del siglo XXI. Un hombre que vive en unas islas atlánticas visitadas cada año por quince millones de turistas que vienen a encontrar entre nosotros, después de transitar por los aeropuertos correspondientes, el calor y la claridad que sus países europeos les niegan en muchos meses del año. La doctrina del cambio climático ha estigmatizado los vuelos aéreos y ha impulsado campañas bautizadas como «flight free», dejar de volar por razones medioambientales, en el mundo anglosajón, o «flyskam», vergüenza por volar, en la Suecia natal del talismán Greta Thunberg, quien se niega tajantemente a subirse a un avión en sus desplazamientos como activista. Quizá convenga saber, en esta guerra mortal de cifras contaminantes, que el sector del transporte aéreo solo es responsable del 2% de la huella de ozono y que una criminalización de esa manera de trasladarnos por el mundo impediría la sana costumbre de que los países se conocieran, de que dejáramos de vernos y de hablarnos de tú a tú los unos a los otros, incluso para discutir asuntos tan trascendentales como el cambio climático. ¿O es que los miles de asistentes de los doscientos países que acudirán a la Cumbre del Clima de Madrid han llegado todos en catamarán? Al parecer de todos los científicos, estamos ante un cambio climático del que solo los humanos somos responsables, no como lo fueron los anteriores, generados por causas naturales, como el mismo clima por sí solo, los impactos de meteoritos o las macroerupciones volcánicas. Y la tarea de esos humanos es estabilizar el calentamiento global a 1’5 grados en los próximos años. En toda esa aventura global de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, que está al alcance de la humanidad si nos ponemos a ello, el transporte aéreo es una minúscula adversidad que no puede ser señalada como el mal de todos los males. Como hombre insular me niego a aceptarlo y a convertirlo en un objetivo de la nueva doctrina climática. Entre el 2% de responsabilidad contaminante y la posibilidad de seguirnos comunicando los pueblos del mundo, me inclino por la segunda opción sin ningún tipo de dudas, a pesar de todas las Greta Thunberg del planeta. La cordura medioambiental no puede significar nunca la vuelta a las cavernas de la incomunicación.