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Dos huevos fritos

Por primera vez en mi vida, el domingo pasado freí dos huevos. No quería morirme sin vivir la experiencia. Naturalmente que convertí en un cristo, de aceite, la cocina y que los huevos me quedaron fatal, pero estaban buenos de sabor. Me los comí con arroz blanco, pero ya el arroz no era mío, sino de un chino. Lo del arroz son palabras mayores. Negado como soy para labores culinarias, a ver si llamo a Chicote y me da un curso acelerado de cocina para lo que me queda. Me ahorraría dinero porque entonces ya no saldría de mi casa, porque –la verdad— para lo que hay que ver, es mejor aislarse. Conmigo, el cobrador del frac no haría negocio, a no ser que acampe en el zaguán. El otro día alguien me preguntó lo que opinaba del nuevo Gobierno y respondí a lo Fungairiño, que en gloria esté: “Yo no veo sino los documentales de la BBC”. Y añado que también veo esos programas de subastas amañadas que dan del canal 85 para arriba o para abajo y El Chiringuito, cuando no va mucho culé al programa. Los culés no saben perder y, como no ganan una, andan muy nerviosos y desagradables. Yo no iré más nunca a Barcelona, una ciudad que me encantaba y que ahora aborrezco, con tanto independentista y tanta bandera chimba. Prefiero mil veces Madrid, alegre, despreocupada y amistosa, cuando no se te cruza un tío de una banda latina y te clava un puñal en los bajos o se te abalanza un negro zumbón, cabreado con los municipales porque le han incautado sus Louis Vuittones. A primeros de febrero me han invitado a Alicante, pero solo estaré dos días para visitar el rastro de Santa Pola y darme un garbeo por las zapaterías de Elche. Cosas de viejo.

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