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Las palabras y las obras

Lo sucedido en el escenario político español desde la defenestración de Mariano Rajoy nos ha servido a los ciudadanos españoles para confirmar lo que ya sabíamos de la política y los políticos. En particular, nos ha servido para dos cosas muy importantes. En primer lugar, para comprobar la mentira radical que anida en todas sus declaraciones, promesas electorales, entrevistas y manifestaciones varias.
Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Rufián y todos los demás han defendido y prometido con diferencia de pocos días una cosa y su contraria, han criticado lo que luego han alabado y han insultado y descalificado a los oponentes con los que, después de alabarlos, han terminado por pactar. Lo hacen sin el menor rubor; y cuando se denuncia su contradicción y se les hace notar, se limitan a argumentar que las circunstancias han cambiado. Querido lector, nunca te creas absolutamente nada de lo que te cuente un político, sobre todo si busca tu voto. El viento del tiempo se llevara sus palabras de hoy y también las de mañana. Fíjate tan solo en lo que hace. Ya sabes aquello de que por sus obras los conoceréis y que obras son amores y no buenas razones. Es la sabiduría popular.

La segunda enseñanza que nos proporciona la política española actual es que los cargos políticos y de gestión, los organigramas políticos, no se diseñan con criterios técnicos de mejor servicio público, de eficacia y de eficiencia. Se crean simplemente para cumplir pactos políticos y pagar favores; para colocar a amigos y colaboradores; para controlar y vigilar a otros cargos.

Pedro Sánchez les ha concedido a sus socios de Podemos un ramillete de Ministerios florero, cuyas competencias están casi todas transferidas y encima se reparten entre varios. Es decir, Ministerios casi vaciados de contenido, con muy pocas competencias y presupuesto, desgajados de otros Ministerios y rodeados de ministros socialistas cuya misión es controlarlos muy de cerca.

El flamante ministro comunista de Consumo se ocupará de las apuestas y los locales de juego, y de la calidad de la llamada comida basura. Se puede entretener negociando con los concejales y directores de colegios a cuanta distancia de los centros educativos se pueden ubicar esas instalaciones. Y, de paso, probar algunas ofertas de hamburguesas, que parecen interesantes.

Y qué decir del ministro de Universidades, con competencias transferidas y sin Ciencia, ni Investigación. El nuevo ministro ha empezado por la boutade supuestamente graciosa de manifestarse en contra de la existencia de su Ministerio. Ya en el pasado ha escrito que las Universidades norteamericanas funcionan tan bien porque allí no hay ministro de Universidades. Es de esperar que gaste su tiempo en charlar con los rectores. Bueno, al menos, con los que sean políticos y progres, que son la mayoría.

La desfachatez de nuestra clase política solo es comparable a su ignorancia. Y su comparación con el pasado es desoladora. Pero no nos quejemos, esto es lo que hemos votado. A pesar de Cataluña, España sigue siendo una; porque si hubiese otra, muchos españoles nos iríamos a vivir a la otra.

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