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Mejorana

En la noche de los tiempos, es decir a mediados de los cincuenta, mi padre se volvió de repente agricultor y le alquiló una finca en Tacoronte a Ricardito Ruiz Benítez de Lugo. Ricardo estaba casado con una prima hermana de mi madre. Lo del alquiler es un decir, porque yo creo que mi padre […]

En la noche de los tiempos, es decir a mediados de los cincuenta, mi padre se volvió de repente agricultor y le alquiló una finca en Tacoronte a Ricardito Ruiz Benítez de Lugo. Ricardo estaba casado con una prima hermana de mi madre. Lo del alquiler es un decir, porque yo creo que mi padre no cumplió ni uno solo de los plazos pactados, lo que supuso la devolución del predio a los pocos años. Mis padres y mi hermano mediano –el pequeño no había nacido— se fueron a vivir a Tacoronte, a la casa del fundo, y yo me quedé donde me gustaba estar: en la bellísima casa de mis abuelos, en plena plaza del Charco, edificio que ya no existe. Una casa que ha inmortalizado mi buen amigo el pintor Mohamed Osman en un cuadro, que me regaló. Yo iba a Tacoronte de vez en cuando, en un Ford de bigotes que conducía mi padre, casi siempre sin frenos, y con el que estuvimos a punto de chocar en varias ocasiones. Es conocido que, según Lupicino Arbelo, ni el Ford es coche ni el mago es persona. Dicho sea con aplicación al pasado, que hoy el Ford es un cochazo. Lo cierto es que estando yo en la finca una vaca parió y Domingo el medianero le pidió a mi padre un nombre para el animal. Consultado quien suscribe, no lo dudé: “Mejorana, punto, Hierba González de Chaves”. Yo podía tener cinco años. No me pregunten por el punto, pero fui un precursor del nomenclátor de la Internet. Y así se llamó la vaca siempre, Mejorana. Debió dejar mi padre un buen recuerdo entre el personal de la finca –al margen de su descuido en el pago del canon al dueño— porque Domingo estuvo, hasta su muerte, llevándonos verduras y frutas al Puerto la víspera de San Pedro, onomástica de mi progenitor.