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Oramas y Félix Francisco Casanova

Jorge Oramas y Félix Francisco Casanova, son dos importantes figuras artísticas de Canarias, pintor el primero y poeta el segundo, que reflejan características propias de los espacios insulares. Dos “artistas malditos” unidos en la tragedia de sus cortas y creativas vidas, que cíclicamente volvemos a descubrir. Últimamente en la obra de Andrés Sánchez Robayna, Jorge Oramas o el tiempo suspendido (2018), y en las Obras Completas de Félix Francisco Casanova (2017), prologada por Fernando Aramburu. A Jorge Oramas lo vimos en el cartel de la Expo Pintura y Poesía – La Tradición Canaria del siglo XX (2017), TEA Espacios de las Artes, como portada de un siglo de tradición pintura-poesía, esencial para la comprensión de ambas artes en Canarias.
Jorge Oramas (1911-1935), Las Palmas. Sus padres de Tetir, Fuerteventura, lo dejaron huérfano con un año al morir de tuberculosis, enfermedad de la que él moriría con 23. Vivió en La Isleta con su abuela materna y tías. Ingresó en la escuela Luján Pérez en 1929. Iniciado en el indigenismo que recompuso en su obra. Fue en 1933 ya enfermo, cuando colgó su 1ª Expo en el Círculo Mercantil. Canarias era entonces puerto hacia América y tiene contacto directo con las vanguardias europeas; es la época de Gaceta de Arte (1932 – 1936). En sus referentes La Nueva Objetividad Alemana de Otto Dix, el Realismo Mágico de Franz Roh, la Pintura Metafísica Italiana de Chirico y Morandi. Oramas las incorporal, su juventud y estado físico le hacen ajeno a los cánones. La pintura se convierte en un espacio de quietud, del “tiempo suspendido” del que habla Robayna, o como diría Bachelard el “espacio conserva el tiempo comprimido”. En su extraño letargo onírico es consciente de la muerte que se le acerca, y que traslada a la desnudez de su obra, “tallada a la luz del mediodía”. Ahí residen las fuerzas que nos inquietan.
Como nos inquieta Félix Francisco Casanova (La Palma 1956 – S/C de Tenerife 1976), hijo del médico y poeta Félix Casanova de Ayala y Concepción Martín, pianista; fallece cuatro años antes, que su hijo a los 19. Él cargó su pérdida en un mundo como el canario, de dominancia afectiva materna. Félix Francisco Casanova fue un superdotado que empezó a escribir poesía a los ocho años. Rebelde y visionario, irreverente, anticonvencional, surrealista, con el humor negro de la época, desenfadado y dramático, perturbador y lúdico. Su obra se construye con poderosas imágenes que permanecen en el tiempo, nos cuenta Fernando Aramburu en el prólogo de sus Obras Completas. Compite contra el tiempo y desde el 73 al 76 gana varios premios de poesía y literatura. Entre ellos con su novela El Don de Vorace (1974), donde su heterónimo Bernardo Vorace Martín descubre que es inmortal y se pasea entre la vida y la muerte. Decía Félix Francisco Casanova: “En la poesía tengo el vicio de trasladar a la literatura lo que vivo en la realidad y en los sueños”. Vida que pasó en enero del 76, a una realidad paralela.
Se conoce a Félix Francisco Casanova como el Rimbaud español. Arthur Rimbaud, poeta simbolista francés (1854 – 1891), alumno superdotado, huérfano de padre y con madre autoritaria. Enfant terrible incorporado a las corrientes “parnasiana y decadentista” de la época; bajo influjo de Charles Baudelaire autor de Las Flores del Mal. Decía que “el poeta debe hacerse violento a través de un razonado desarrollo de los sentidos”. “Artista maldito” como lo fue Vincent Van Gogh (1853-1890), que se mató con 37 años, edad en que murió Rimbaud de cáncer, tras una vida disoluta. Nuestro elenco de jóvenes poetas y pintores triunfaron luego de muertos, asociados a vidas truncadas sin éxito.
En todos los casos, con capacidades singulares reconocidas luego. Tiempo que se ha detenido hoy para contemplar la luz de sus obras, recibida al “sol del mediodía perpetuo”; ajenas ya al miedo de las tinieblas.

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