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Retortuños de invierno

No pensaba contarlo, por dos motivos. Uno, por pudor; dos, por la carga escatológica que puedan ustedes ver en el relato. Literalmente arrastrado por unos amigos, fui en estos días a comer a un guachinche de los altos, en mi coche. La cosa empezó mal en la gasolinera, ya que, al bajar del vehículo, se me desprendió la goma plantar derecha de unos tenis Hogan, de poco uso, que me compré hace años en Londres y que el tiempo se comió. Es decir que iba yo caminando como si llevara puesta una aleta de buzo, lo que provocó la indisimulada hilaridad del mago, apostado en la barra del guachinche. Comimos una carne de cochino exquisita, salpicada por unos chicharrones sin pelos. A la vuelta, y para no usar el incómodo wáter del lugar, de esos con las huellas de los pies en el suelo y el agujero en el centro, la cadena chiquitita allá arriba y papel de periódico en el dispensador, calculé que llegaría a casa a tiempo de obrar cómodamente. Pero he aquí que me encontré con obras en la carretera, una ruidosa ambulancia que no podía pasar y al mago peludo con la señal de tráfico en la mano, que no daba pie con bola. Estaban rebacheando. El cuarto de hora de espera alertó mi detector de peligro inmediato, en forma de retortuños cada cinco minutos. Sudor frío. Me apeé para ver qué pasaba, contraviniendo todas las normas de la prudencia, porque en esos momentos lo mejor es no moverse y apretar el culo. Aliviado del tráfico, enfilé hacia mi casa, atacado por los nervios propios de la proximidad de la liberación. En el garaje se me desprendió la goma del otro borceguí y, caminando cual hombre rana, no pude alcanzar sano mi bendito baño. Me cagué por el camino. Que levante la mano quien no haya pasado por una situación similar.

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