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Comunismos y fascismos

En la Enciclopedia y el pensamiento revolucionario francés encontramos por primera vez la idea de progreso, la idea de que la Historia no es cíclica sino lineal, y el devenir de las sociedades avanza hacia un futuro que siempre será mejor que el pasado por el hecho de ser futuro. El cambio y la revolución son positivos y garantizan el desarrollo social y político. Más tarde Hegel introducirá la dialéctica, y Marx la transformará en materialismo dialéctico histórico, que, a través del sucederse ineluctable de los modos de producción, la lucha de clases y la dictadura del proletariado, conducirá a las formaciones económico sociales hasta el comunismo final. Una sociedad comunista, en donde no existirá la propiedad privada y el Estado se extinguirá.

Se trata de una concepción del mundo, de la historia y de la política que configura el denominado comunismo moderno, que cuenta con antecedentes en la Antigüedad y la Edad Media. Un comunismo antisistema que rechaza la democracia y el Estado de Derecho (los pilares de la civilización occidental), a los que califica despectivamente de democracia burguesa represora del proletariado, y que utiliza las instituciones democráticas, y participa en ellas, como un simple medio para alcanzar el poder y no como un fin en sí mismas, aunque prefiere las algaradas y revueltas callejeras.

Los partidos comunistas se posicionan en la izquierda y en el llamado progresismo (cuyo monopolio reivindica la izquierda), y, desde una pretendida superioridad moral, descalifican al centro y a la derecha (las tres derechas en España), y toleran con condescendencia a los que han abandonado al marxismo en beneficio de Bernstein y otros teóricos (como el PSOE en el Congreso Extraordinario de 1979, aunque los sanchistas y los zapateristas no lo han aceptado nunca, y se comportan como comunistas). Mientras tanto, supuestos progresismos comunistas han conducido a la miseria moral de Corea del Norte, Cuba y Venezuela, pasando por la Unión Soviética y las dictaduras comunistas de Europa central y oriental, en las que se han violado -y violan- salvajemente los derechos humanos, violando la libertad y la dignidad de la persona.

A la vista de todo esto, no se entiende la aceptación acrítica de que gozan los comunistas en España (en donde están en el Gobierno) y otros países europeos, mientras las ideologías de extrema derecha, a la que se denomina genérica -e incorrectamente- fascismos, son sistemáticamente descalificadas. Una excepción sería Alemania que, por sus especiales circunstancias históricas, ha sancionado penalmente el nazismo y declarado inconstitucional al Partido Comunista por sentencia del Tribunal Constitucional de agosto de 1957. En Europa la explicación estaría en la colaboración comunista en la lucha de los demócratas contra los nazis para la liberación de los países ocupados.

Adriana Lastra ha propuesto calificar como delito la apología del franquismo en la anunciada reforma del Código Penal para excarcelar a los políticos catalanes presos. Se ve que, para la izquierda, la libertad de expresión solo sirve para justificar los insultos y las ofensas graves a la religión y sus símbolos. La religión católica, por supuesto, porque atacar a la musulmana puede ser peligroso.

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