Por quÉ no me callo

El humor en los tiempos del virus

Cada tiempo tiene su impronta. Es el Oscar sucesivo. Cada acontecimiento compite por alzarse con la estatuilla. Las modas de la sociedad, de la política a la economía, buscan su estrellato, imponer su poder de persuasión en la infinita maraña de redes que nos atrapa. Con el coronavirus se cumple la regla del fenómeno viral […]

Cada tiempo tiene su impronta. Es el Oscar sucesivo. Cada acontecimiento compite por alzarse con la estatuilla. Las modas de la sociedad, de la política a la economía, buscan su estrellato, imponer su poder de persuasión en la infinita maraña de redes que nos atrapa. Con el coronavirus se cumple la regla del fenómeno viral de turno, que moviliza ingentes cantidades de dinero, desata el pánico y desafía a la ciencia, que es la que saca las castañas del fuego. Esta década empieza con sus peligros y trances, y aquí tiene la primera prueba de fuego. Todo apuntaba al síndrome de la guerra, con los misiles presuntuosos de yanquis e iraníes. Parecía que la amenaza del brexit rompería Europa, y acaso tenga su efecto retardado pero finge bien una capa de normalidad. Estamos en la era del coronavirus, que dispara todas las alarmas y se pasa de isla en isla, de La Gomera a Mallorca.

Todas las crisis son pasajeras, duren más o menos; en las gripes crece el pavor por los muertos y los miles de contagiados, la gente deja de viajar por temor a la infección y se agotan las mascarillas por el instinto protector frente al fantasma de un enemigo invisible. Pero cuando pasa la fiebre, ocupa su lugar otra desgracia cualquiera, otro miedo. Al canario de a pie le levanta el ánimo ahora mismo el éxito de sus cofradías deportivas, la buena racha del Tenerife y la copa intercontinental del Iberostar. Está demostrado que esta clase de hazañas alimenta el espíritu, dota de buen ánimo y aparece el humor, cuando no el amor, haciendo bueno el título de García Márquez en los tiempos del cólera. Amor por los colores.

En campos de concentración como Mauthausen, los españoles -un grupo de cántabros cobró notoriedad por ello- eran “los más difíciles de matar”, según se dolían los nazis, y su suerte fue el sentido superviviente del humor, del que se valieron para salvarse formando su propia compañía cómica al estilo histriónico de Roberto Benigni en La vida es bella. No estamos en mitad de una guerra, pero sí bajo una lluvia de rumores intimidatorios. El relator especial de la ONU sobre extrema pobreza retrata, tras su incursión de dos semanas por España con el olvido imperdonable de Canarias, a los recolectores migrantes de fresa en Huelva en “peores condiciones que un campamento de refugiados”. La dinámica de este tiempo es insólita e insolidaria. Un despegue tecnológico sin precedentes coexiste con auténticos casos de subdesarrollo, la opulencia en grado sumo con míseras bolsas de pobreza en una misma longitud de radio. De ahí que convivamos tan pegados al éxito y al fracaso, y pasemos a su lado con indiferencia, resignándonos a nuestra suerte. Sabedores de millones en loterías y bonolotos que caen muy cerca de nosotros, como caen las buenas y malas noticias, incluida la gripe común (superada ya la decena de muertos) o el temible coronavirus, con su ración de espanto que pone en riesgo el Mobile World Congress de Barcelona, por la histeria que en las grandes telecos suscita la alerta sanitaria tras rebasar el número de bajas del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) en 2003.

Bajo la campana del enorme estruendo que provoca esta auténtica crisis de nervios, y mientras aguardamos a que todo pase una vez más, solo nos cabe redimirnos en el microclima de nuestros goles y canastas, y en nuestras mejores humoradas, como aquellos cántabros que se rieron del exterminio en la misma boca del lobo. Y a esperar que escampe este virus. Y venga el siguiente.