Por quÉ no me callo

El laboratorio de los virus

Si no fuera por las epidemias recurrentes, los economistas y los científicos guardarían periodos largos de ocio e inactividad. Ahora este coronavirus les ha dado la oportunidad de teorizar sobre los peligros que enfrenta el ser humano y el Estado del bienestar, y, de nuevo, son convocados los sabios de la aldea (global, por supuesto) […]

Si no fuera por las epidemias recurrentes, los economistas y los científicos guardarían periodos largos de ocio e inactividad. Ahora este coronavirus les ha dado la oportunidad de teorizar sobre los peligros que enfrenta el ser humano y el Estado del bienestar, y, de nuevo, son convocados los sabios de la aldea (global, por supuesto) para discernir acerca de la vacuna de marras que se cuece contra reloj y abortar la recesión por las pérdidas del trabajo y el turismo.

En esta parodia no faltan los amigos de la sospecha permanente, los conspicuos conspiranoicos que retuercen las mil hipótesis de rigor. Si China amenaza la hegemonía del Tío Sam, alguien podrá lucubrar que el virus es un arma arrojadiza, un caballo de Troya invisible, un ataque del espionaje en la guerra bacteriológica de bloques. Los antecedentes de atentados de este género (el hermano de Kim Jong-un abatido por dos maniquíes asiáticas en el aeropuerto de Kuala Lumpur; aquel espía ruso, Skripal, envenenado con un agente nervioso en una plaza junto a su hija al sur de Inglaterra; el otro exagente de la KGB, Livinenko, muerto en la cama tras una larga agonía en Londres por los efectos de una ración de polonio, etc., etc.) hacen disparar la imaginación.

Si este virus se escapó de un laboratorio, como sugieren algunos científicos chinos, que apuntan a un centro precisamente en Wuhan dedicado al estudio del, llamémoslo así, género viral, o si, peor aún y ya dados a especular, fue liberado deliberadamente para estragar la buena salud económica del gigante asiático… Si esta es una derivada de la conflictiva relación de Occidente con Huawei y el 5G, y de la guerra comercial con las exportaciones de Xi Jinping, y de todas las guerras sordas y sórdidas entre chinos y americanos, nunca lo íbamos a saber, pero carnaza tenemos de sobra con el alcance viral del miedo desatado por el Covid-19.

Nuestros amigos los epidemiólogos le restaron gravedad al brote desde su inicio, y cuando La Gomera sufrió el shock del primer contagiado en España relativizaron el episodio, recordando la psicosis del SARS en 2003 o los efectos mucho más devastadores de nuestra propia gripe ordinaria, que se ha cobrado por estos días una quincena de vidas en nuestra comunidad. Ya están todos los alemanes de La Gomera de alta, alquilaron un monovolumen y recorrieron la isla sin más cuarentena que estar rodeados de mar y, por definición, aislados. Han muerto en paralelo, como digo, una cifra considerable de pacientes con gripe, que pudiendo vacunarse no lo hicieron. Y en el mundo siguen en vigor las mismas enfermedades mortales. Celebramos los días mundiales de cada una y abogamos por que la ciencia tome impulso y dé con la cura exprés de cada dolencia antigua o sobrevenida. Pero mientras haya un coronavirus a mano para tensar bien la cuerda, nada impedirá que sirva de vedette para lo que haga falta.

Estas cosas tienen su efecto instrumental. Se imagina uno a un Trump exultante arrellanado en su sofá del despacho oval viendo en la pantalla la proyección de su rival Jinping con mascarilla dando la impresión de estar cogido por los mismísimos a causa de un mal invisible, como en las guerras modernas, que así se las gastan. Y nosotros en Babia.