Tribuna

El sabio del meridiano cero

Cada vez que el nacionalismo entra en crisis, llamo a Tomás Padrón. Lo hago desde hace casi veintiún años, cuando Tomás nos traicionó con el proyecto de la Federación Nacionalista Canaria, pues había decidido ir por su lado y dejarnos en la estacada. Cuando nos bajamos del avión en Tenerife en 1998, después de no […]

Cada vez que el nacionalismo entra en crisis, llamo a Tomás Padrón. Lo hago desde hace casi veintiún años, cuando Tomás nos traicionó con el proyecto de la Federación Nacionalista Canaria, pues había decidido ir por su lado y dejarnos en la estacada. Cuando nos bajamos del avión en Tenerife en 1998, después de no haber sido recibidos por él en su Hierro natal para cerrar el trato previsto, Juan Pedro Dávila ingresó en el hospital en Santa Cruz con sus problemas de riñón y con el disgusto político añadido y ya no salió más de ese trance. Después de ese desencuentro, Juan Padrón se vino con nosotros al PNC, con su responsabilidad nacionalista de todas las Islas asumida y nos deparó servicios de los que no hemos sabido recompensarle. Qué gran persona Juan Padrón Morales.
Pero Tomás Padrón tiene la sabiduría de entender estas islas nuestras a cabalidad, tiene el instinto de descifrar cómo podemos rentabilizar el gran sentimiento nacionalista de nuestros pueblos insulares atlánticos y cómo deberíamos organizarnos para convertir ese sentimiento generalizado en una estructura política eficaz. Lo que no hemos logrado después de seiscientos años. No hay manera.
Es decir, ni Coalición Canaria, ni Nueva Canarias, ni el Partido Nacionalista Canario, hemos sido capaces de diseñar una estructura organizativa conjunta para viabilizar todo ese sentimiento que una elección general tras otra siempre mete la papeleta autonómica para contrarrestar toda la propaganda peninsular de turno. Sea en esas confrontaciones electorales generales, sea en las confrontaciones electorales de nuestros feudos insulares. Siempre los personalismos, los fulanismos, mejor, se han interpuesto en esa digna empresa de unidad sin egoísmos.
Hace unos meses, Tomás Padrón y yo intentamos celebrar una Cumbre Nacionalista en El Hierro para debatir en libertad cuál era el futuro del nacionalismo canario. Había reticencias de todos lados para reunirnos sin fórceps partidistas a hablar sin cortapisas de lo que había que hablar. Algunos pomares de turno, siempre ocupándose de los servicios secretos de la inoportunidad, alertaron del peligro de nuestro encuentro del Meridiano, pero las cosas estaban bien encaminadas. Falló Paulino, con una excusa inadmisible. Y no nos vimos. No fue posible hablar al margen de las estructuras partidistas que tantas veces frustran las cosas. Román había dado su palabra para el día cinco de octubre de 2019 y estaba prevista su presencia. Ahora Román es el capo del nacionalismo y él lo sabe. Es listo, ya nos lo advirtió en 1995 Lorenzo Olarte Cullen y no le quisimos hacer el caso que se merecía.
Necesitamos hablar de nacionalismo al margen de las limitaciones partidistas que hoy seccionan y limitan el usufructo del hondo sentimiento generalizado de identidad de nuestro pueblo. Necesitamos dar prioridad a una estructura organizativa nacionalista conjunta que nos represente a todos los que creemos que Canarias es más nación que cualquiera de las naciones subestatales españolas que hoy presumen de ello. Si queremos quedarnos en la España venidera, federal o confederal, tenemos que unir fuerzas nacionalistas canarias y no dividir más nuestras energías ni nuestras estrategias. Si no queremos quedarnos en esa España, los caminos son otros.
Esa es la lección que nos imparte desde su residencia de Echedo, municipio de Valverde, entre viñedos e higueras, el sabio del Meridiano Cero, don Tomás Padrón. He tenido la suerte de conocer y de tratar a otros sabios de nuestra idiosincrasia. Entre ellos a Antonio Castro, del que no sé nada últimamente. Pero Tomás siempre tiene una carta escondida en su bocamanga y, además, sabe que es una carta victoriosa. Esta tarde se lo he recordado a Víctor Álamo de la Rosa en clave literaria, en horas veraniegas de la terraza del Café Melita lagunero, con las acacias espectábilis de Arturo Maccanti oyendo nuestra conversación.