El charco hondo

Malienses

Cerremos los ojos, e imaginemos que un hijo, una sobrina, un amigo de la infancia, un compañero del colegio o una amiga de las de siempre logra huir de abusos, hambre, falta de medicamentos, violaciones y asesinatos. Mantengamos los ojos bien cerrados imaginando que ese hijo, sobrina, amigo de la infancia, compañero o amiga sobreviven […]

Cerremos los ojos, e imaginemos que un hijo, una sobrina, un amigo de la infancia, un compañero del colegio o una amiga de las de siempre logra huir de abusos, hambre, falta de medicamentos, violaciones y asesinatos. Mantengamos los ojos bien cerrados imaginando que ese hijo, sobrina, amigo de la infancia, compañero o amiga sobreviven al mar, llegan a Canarias pero a los pocos días los embarcamos (nuestros gobiernos, luego, nosotros) hacia Mauritania, donde apenas unas noches después los meten en una guagua para dejarlos en Mali, en el infierno de abusos, hambre, violaciones y escasez del que habían huido. Y ahora abramos los ojos, y cuando los tengamos bien abiertos preguntémonos en alto si podemos desentendernos o ponernos de perfil, mirar hacia otro lado o deslizar que bastante tenemos con los problemas de aquí para ocuparnos de los dolores de otros. Somos peores personas cuando no nos duele lo que desconocemos ni aquellos a los que no conocemos -a quienes algunos consideran existentes solo probables, meras hipótesis de vida-. Quienes animan a que nos sacudamos esa responsabilidad ignoran u olvidan que las cifras son hijos, sobrinos, madres, amigos. Canarias no debe ni puede gestionar por sí sola el éxodo o el polvorín africano, claro que no; pero también Canarias debe ofrecer respuestas que nos humanicen y dignifiquen, que nos hagan mejores personas. España debe esforzarse más. La Unión Europea tiene que implicarse al menos como lo hizo años atrás. Y todos, también los canarios, debemos preguntarnos qué protocolo está siguiéndose, qué sucede con los malienses que dejamos en Mauritania, qué información se tiene de quienes llegan a nuestras Islas, a qué etnia pertenecen, de qué región proceden o qué medidas de seguridad están adoptándose en las deportaciones. Abriendo el plano a otras nacionalidades, no podemos dejar de preguntarnos cuál es la situación de los centros de internamiento de extranjeros o qué puede mejorarse para no sobrevolar las pautas carcelarias, o cómo es posible que el centro de Fuerteventura necesite seis meses de reformas para acondicionarlo, qué trato se da a los migrantes, cómo están coordinándose las administraciones con las organizaciones no gubernamentales, qué se hace y quién hace en origen los programas de cooperación al desarrollo o qué pasa con las averías de nuestros sistemas de vigilancia. Queremos saber. Merecemos conocer. Bueno será que la reunión prevista para este viernes, con la presencia del ministro Grande-Marlaska, despeje dudas y, sobre todo, anime a pensar que estamos viendo personas donde algunos dicen ver carne de estadística.