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No hay mal que mil años dure

No se preocupen, que no hay mal que mil años dure, ni cuerpo que lo resista. Lo bueno de nuestro pueblo es su despreocupación absoluta. Usted va y le pregunta a alguien, un suponer, por Ábalos, y le contesta con el nombre de la nueva reina del Carnaval. Aquí lo que importa es el Carnaval, por eso Mario Vargas Llosa, otro suponer, imparte una conferencia y van cincuenta personas y al concurso de murgas acuden siete mil. El nivel cultural del pueblo se mide por el concurso de murgas. Y se acabó. Yo le tengo mucho respeto a los fenómenos de masas, porque me dan una pista de por dónde me muevo. Por ejemplo, en mi pueblo se han empeñado en que los repetidores de telefonía móvil producen cáncer. Es mentira, pero se han empeñado, porque el vulgo es muy obstinado. Y, entonces, las voces celulares o no se escuchan o se escuchan muy mal. Lo bueno de vivir en el oasis de la ignorancia es que tampoco te enteras de lo malo. Y como bueno hay poco, pues ya está. Ayer la tomaron algunos medios con la soplada de velas -de velas- de Irene Montero en el ministerio suyo, que no sé cuál es, ni me interesa, en el día de su cumpleaños. Y la estaban poniendo a caldo de pota. Coño, dejen a la chica que sople en tan fausto día, hombre. Este país es un lío: Sánchez quiere “la mesa” para ya, pero Torra –que unos dicen que es presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña y otros no- pide un relator. Es que lo que pretenden ambos, Pedro y Quim, es contarnos un cuento. Los vascos, esos hombres recios, desean la Seguridad Social, pero no para pagar las pensiones, sino por la cosa de la caja. Ay, eso sí que no.

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