tribuna

Romeo y Julieta

William Shakespeare describió a la miseria humana en su repertorio teatral. Entonces, todavía el drama no se había zafado de la influencia clásica y se exponían símbolos en los discursos poéticos de los personajes, que los diferenciaban del pueblo (el coro), pero que lo encarnaban en las execrables formas de sus comportamientos desviados. Otelo personifica a los celos incontrolados, Julio César a la ambición, y algunos dicen que Romeo y Julieta son el retrato del amor imposible, aunque lo que hacen realmente es reflejar el odio insalvable entre dos familias, donde el romanticismo actúa como un contrapunto excepcional. Lo mismo ocurre en el enfrentamiento entre los Sharks y los Jets, dos bandas de pandilleros que nunca se van a entender, en West Side Story. Verona sigue adelante a pesar del enfrentamiento entre Capuletos y Montescos; igual pasa en Nueva York, que es la capital del mundo moderno, de la democracia y de la cultura, a pesar de que se maten en el Bronx. A nadie importa, todos ocuparán sus butacas en el teatro o en el cine para ver impasibles la comedia que se representa ante sus ojos. Así ha sido siempre.

Ahora estoy leyendo la novela de Antonio Scurati M, el hijo del siglo, que trata de Benito Mussolini y los orígenes del fascismo. Narra los enfrentamientos en la Italia de las primeras décadas del pasado siglo entre dos grupos sociales que parecen complementarse, donde la existencia de uno no puede entenderse sino como la réplica del otro, que se necesitan urgentemente para enfrentarse, para destruirse, y hasta para matarse, como las familias de Verona o las pandillas de Nueva York. Se trata de la historia del fascismo y del socialismo, que tienen que seguir siendo su propia réplica especular, y condenarse mutuamente para poder seguir existiendo. Hay militancias despreciables en las que algo se salva. Por ejemplo, el futurismo de Marinetti o la espléndida prosa de Gabriel d’Anunnzio. Lo demás es una muestra de la fatalidad de la lucha acción reacción, que escenifica una parte muy retrógrada de la evolución humana, más bien hace de freno a pesar de que se disfrace de progreso. Esta lectura me sirve para recordar que nada muere del todo y que hay ciertas actitudes que nos acompañarán de por vida como una constante, ya sea en el tiempo de Esquilo, de Shakespeare, de Leonard Bernstein y Jerome Robbins, de Mussolini y Filippo Turati, o de cualquiera de los que actualmente escenifican sus discrepancias para que los demás asistamos impertérritos a su representación.

La Historia me indica que, pese a todo, las cosas siguen su curso natural, y que, aunque algunos estén enfrascados en representar la misma función, el público que se agolpa en las plateas y en el gallinero siempre será más numeroso que los actores que parlamentan en el escenario. Un día se aburrirán y dejarán de comprar la entrada, o patearán rabiosos para demostrar su disconformidad. Pero no importa, el teatro seguirá existiendo en su intento de hacernos ver que todo lo que vemos en el retablo constituye la imagen de nosotros mismos. No es verdad. Verona es algo más que dos familias irreconciliables, por encima del recuerdo amargo de dos amantes que murieron sin poder sobreponerse al odio que les rodeaba.

Pobres Romeo y Julieta sacrificados por un error, pobres Tony y María, muertos en una cancha de baloncesto prevista para que la competencia malvada se convierta en un juego. El mundo es mucho más grande que el escenario de odios en el que nos intentan meter los guionistas de la escena y el relato. Afortunadamente.

TE PUEDE INTERESAR