diario del aislamiento

Día 3

El aislamiento que estamos comenzando nos zambulle en una realidad rara, extraña, desconcertante, y dura, exigente. Este confinamiento huele a irrealidad, o a mal sueño, o a película, interpretamos por decreto una versión urbana de La vida es bella sin tener claro si preferimos ser el padre o el niño. El virus nos ha expulsado de la normalidad, obligándonos a improvisar algo que se le parezca, que nos la recuerde, que nos engañe siquiera un poco, al menos los suficiente para que las semanas no nos aplasten. Estar en casa no ha sido nunca un mal plan, claro que ahora es diferente, porque quedarse en casa está bien cuando sabes que puedes salir, pero la prohibición de callejear hace que estar en casa sea distinto, otra cosa. Llamé este domingo a Lucas Fernández, amigo y presidente de Plató del Atlántico -por ese orden-. Hablamos, sin más, a secas, porque estos días no hace falta precisar sobre qué. Propuse a Lucas meter en un cajón El charco hondo, aparcarlo, guardarlo en el trastero hasta que el virus remita, embalar los artículos de los días normales para contar esto que nos está pasando en el Diario del aislamiento, reconvertir este espacio de la página en un cuaderno de situaciones, ánimos, sensaciones o reflexiones desde el que compartir lo que nos va pasando, hacerlo desde una falsa primera persona del singular porque nada que esté pasándome no está ocurriéndonos a la inmensa mayoría: en días así la primera persona del singular se muda al plural. A riesgo de equivocarme, creo que lo que estamos viviendo se cuenta mejor desde un diario que utilizando el esquema de las columnas o artículos de los días normales. Estamos en el día 3 de un presente excepcional que no sabemos cuántas semanas durará. Yo firmaría que a finales de mayo podamos volver a la vida de antes de todo esto, pero eso solo será posible si hacemos las cosas bien, mejor. Ojalá el diario que hoy echa a andar tenga una vida corta, pero me temo que no será así. Procuraré que sea desordenado, que los asuntos se pisen los unos a los otros, volcando sin método o hilo conductor las cosas que este cautiverio nos están generando. Empecé a publicar en los periódicos con diecisiete años. Siempre pensé que algún día abandonaría la columna para instalarme en el tono, la intimidad y el caos de los diarios -de hecho, sigo con esa idea en la cabeza-. Esta vez será algo transitorio. Cuando pase esta locura que nos ha atrapado volveré al charco hondo, pero estas semanas prefiero contarlas de otra manera.

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