diario del aislamiento

Día 4

El clarinetista que vive al otro lado de la calle normalmente ensaya solo por las tardes (normalidad, ese artículo de lujo). Su perseverancia suena bien, le da al barrio un no sé qué neoyorquino, una musicalidad que te transporta a Woody Allen, al Village, a las obsesiones, manías o problemas del cualquiera que llevamos dentro (dentro, ahora somos dentro). Muchos, o algunos, no lo sé, aprovechamos estos días para quedar con amigos a los que teníamos algo abandonados. El domingo quedé en el balcón con Mario Benedetti -incluso los pueblos más aguerridos llega un momento en que se cansan de morir, me dijo-. Hablamos largo. Bueno, en realidad solo hablaba él, yo me limité a leer. Entre otras cosas, alegamos sobre la ley de las compensaciones. Según Benedetti, el pesimismo es una actitud conservadora, autodefensiva, destinada a resguardar lo que ya se tiene, mientras que el optimismo es el gesto primario destinado a alcanzar aquello de que se carece. Me apunto que el pulso entre pesimismo y optimismo marcará, para mal o peor, la evolución social, anímica y política del confinamiento. He quedado viernes con Salvador Pániker, a ver qué se cuenta. Será a media tarde, porque después tenemos una Houseparty con unos amigos. Houseparty, sí, tal cual, quién lo diría, una aplicación que permite hasta ocho ventanas, así que hemos quedado para echarnos unas copas, qué mejor manera de simular que el viernes sigue siendo lo que hay entre jueves y sábado, adaptarse o dormir. El confinamiento nos tiene haciendo ciudad sin salir de casa. Somos `streetless´, inesperados vecinos de un concepto sobrevenido: la casa-ciudad. Nos hemos reconvertido en deportistas wifi. Somos lunáticos de un planeta dirigido por monitores de GAP -nunca imaginé..-. Devoramos enlaces. Nos bajamos de internet hasta las tostadas del desayuno. Nos faltan manos para abrir tanto vídeo, tanto meme (y tanto memo, también). Vivir al día deja de tener mala prensa, o fatal reputación, emergiendo como mantra imprescindible para no dejarse aplastar por las semanas prorrogables que balbucean los ministros. Mañana comparece el Rey, lo hará sin el padre (qué triste final, el suyo). El Gobierno ha anunciado una tromba de millones que no evitarán lo inevitable: empresas, trabajadores y familias bajo los escombros de un `cero económico´ que sembrará dudas, y cuando afloren las dudas sobre la decisión de darle al `off´ durante dos o tres meses, entonces sí, será en ese momento cuando la olla del crac del 20 empiece a pitar. A Sánchez siempre lo acompañará, como maldición, el titular que dictó ayer. No dejaremos a nadie atrás, dijo. Ese titular será su sombra, y su cruz, cuando el país quiebre.

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