No conforme con sembrar pánico y confusión, contagiar, obligar a los profesionales sanitarios a fajarse más allá de lo imaginable, alimentar decisiones contradictorias e incluso absurdas respecto a cómo gestionar las concentraciones multitudinarias, aislar en hoteles u hospitales, animar a millones de familias a aplazar sus vacaciones o enriquecer a fabricantes de mascarillas o geles (con ganancias que la histeria eleva a la categoría de siderales), el virus, tan ambicioso como soberbio y absorbente, añade a sus capacidades la de invisibilizar la realidad que no tenga que ver con el recuento de muertos o enfermos. Siguen pasando cosas, pero transcurren absolutamente silenciadas y tapadas por el virus, que actúa como la calima, negándonos la visibilidad de otros asuntos que siguen ahí, rodeándonos, y en alguno casos jodiéndonos la vida, capítulos que el virus mantiene escondidos. Episodios que los contagios tienen metidos en el trastero de la actualidad, entre otros la orgía de precios que las compañías aéreas siguen celebrando a puerta vacía, sin que el Ministerio correspondiente mueva un solo dedo y, en consecuencia, propiciando que se derrita la barra de hielo donde se transcribieron las propuestas de la reunión que semanas atrás celebraron los territorios afectados -Baleares, Ceuta, Melilla y, sobre todo, Canarias-. Ejemplos se acumulan para construir con ellos un puente entre Arrecife y Cádiz. Valga uno entre miles. Un amigo que quería venir a las Islas en Semana Santa ha desistido, tiró la toalla. Quería, y mucho, venir a Canarias; pero ha cambiado de planes y se va a Estados Unidos. Volar a Los Ángeles le ha salido entre cien y doscientos euros más que hacerlo a las Islas (dependiendo de con qué opción de precios a Canarias lo comparemos). Los precios están bajando a los peninsulares del avión, animándolos a buscar otras opciones más razonables, asumibles y lógicas. Descartan Canarias porque les parece un sinsentido pagar casi lo mismo por un trayecto de dos horas y media que por otro de trece horas. Por poco más te pones al otro lado del Atlántico; es de locos, una vergüenza. Las compañías han levantado un muro entre Canarias y la Península, una muralla que nos sitúa en el mapa a unas trece horas del resto del país. No se ha movido nada. No está avanzándose nada. Nada parece indicar que el muro de los precios abusivos vaya a debilitarse o ceder. Las compañías siguen dándose un atracón a puerta vacía. Más allá de las buenas palabras no ha cambiado nada de nada.
