Tribuna

Estadolatría

A medida que avanza la pandemia del coronavirus por las democracias occidentales más se acrecienta lo que vamos a llamar la Estadolatría, la confianza en que el Estado nos resuelva todos los problemas sanitarios, sociales, económicos y hasta emocionales, surgidos tras la toxina surgida en Wuhan en diciembre del pasado año. De pronto, caemos en […]

A medida que avanza la pandemia del coronavirus por las democracias occidentales más se acrecienta lo que vamos a llamar la Estadolatría, la confianza en que el Estado nos resuelva todos los problemas sanitarios, sociales, económicos y hasta emocionales, surgidos tras la toxina surgida en Wuhan en diciembre del pasado año. De pronto, caemos en la cuenta de que Francis Fukuyama tiene cada vez menos razón desde que nos recordó en 1989 aquello de que la historia se había terminado porque la democracia liberal, el Mercado, había acabado con el Estado, con los regímenes comunistas. Y ha sido el filósofo esloveno tan de moda, Slavoj Zizek, quien se ha anticipado a comparar el momento que vivimos en las democracias occidentales con el modelo comunista al que tendrán que deslizarse aquellas democracias al menos por cierto tiempo: «No se trata de un sueño oscuro, sino de ponerle nombre a lo que ya está sucediendo. El Estado debe asumir un papel mucho más activo, organizando la producción de lo que se necesita con urgencia, como mascarillas, kits de pruebas y respiradores, usando hoteles y otros centros turísticos, así como garantizar la máxima supervivencia de todos los nuevos desempleados», esas vidas no deberían dejarse en ningún caso a merced de meros mecanismos del mercado.
Inundados de noticias durante las últimas semanas, una de esas novedades sobresale: la China comunista, sí comunista, ha resuelto mejor que las democracias liberales occidentales la incidencia de la pandemia en su multimillonaria población, con menos bajas, incluso, que algunos países europeos con demografías muy inferiores. Solo la ciudad china donde surgió el desgraciado hallazgo de la Covid-19, Wuhan, tiene un censo de once millones de habitantes.
En este sentido, estamos de acuerdo con el filósofo español José Antonio Marina cuando nos recuerda que, anestesiados por un estado de bienestar en declive, solemos confiar por pereza que el Estado nos resolverá todos los problemas, pero el reto ahora es demostrar que las democracias liberales pueden ser tan eficaces como la comunista y autoritaria China en procurarnos cuidados sanitarios, seguridad laboral y un futuro no tan negro como el que está alojado en nuestras lógicas incertidumbres actuales.
De la Unión Europea mejor ni hablar. Los burócratas de Bruselas nos han recordado una vez más que no solo no pudieron impulsar la configuración de una verdadera Comunidad política, social y económica continental, tras el fiasco del Tratado de una Constitución europea en 2005, tras los referendos fallidos de Francia y de Holanda, sino que en las dos últimas crisis, la financiera de 2008 y esta de 2020, no han tenido reflejos necesarios para reaccionar a una mínima altura de los serios acontecimientos que los han sorprendido. Y, por si fuera poco, de nuevo los ricos del norte de la UE y los pobres del sur, vuelven a enfrentarse a la hora de repartir cargas solidarias de los gastos mastodónticos que nos va a ocasionar este cataclismo de enfermedades. Cuando los países del sur han solicitado la emisión de bonos, de eurobonos, para compartir esos gastos entre todos los veintisiete miembros de la UE bajo el paraguas de la moneda común, han encontrado la negativa de Alemania y de la llamada liga hanseática. Es decir, cero de solidaridad.
Volvemos al Estado, a la Estadolatría, a las posibles soluciones que cada Estado pueda procurarnos. Y en la España de nuestros días nos encontramos con quienes nos encontramos. Es decir, otra vez, dios nos coja confesados.