el charco hondo

Hibernación

Hagámonos a la idea, pero ya, de que entramos, ahora sí, en las arenas movedizas del presente inimaginable, tiempo verbal inédito con el que debemos aprender a conjugar la realidad suspendida o aplazada a la que hemos despertado. Sin renunciar al humor (ese superpoder que tanto ayuda), lo inmediato es tomarnos esto muy en serio. Porque no será sencillo, al revés, los meses que tenemos por delante nos van a poner a prueba individual y colectivamente. Nunca antes habíamos vivido algo parecido porque jamás una tormenta nos tuvo encerrados en casa durante meses en los que, confinados, tendremos que dejar de hacer muchas de las cosas que creímos intocables o, en otros casos, hacerlas de otra manera. El virus nos pone a prueba como sociedad y también como individuos, precinta la normalidad, acordona las zonas de confort, decreta el cierre de los días habituales, toma las calles, secuestra a la economía, ocupa oficinas, prohíbe besos o abrazos, impone el estado de excepción, invita a desconfiar del otro y a alejarnos del resto, nos invade obligándonos a replegarnos. Va a ser duro, pero no lo será hoy, ni mañana; tampoco pasado. Será después, el palo vendrá cuando empecemos a acumular semanas o meses viviendo como no sabemos hacerlo porque jamás lo habíamos vivido. No estamos hechos para hibernar, los primeros días o semanas los viviremos engañados porque no terminamos de creernos lo que está ocurriendo, pero después la impaciencia nos jugará malas pasadas y es ahí donde deberemos demostrar fortaleza y madurez. No dejemos pasar los días sin tomar conciencia de lo que realmente está ocurriendo, y cuando lo hayamos hecho veamos en esta situación una oportunidad para tomarnos el tiempo que nunca nos damos, para observarnos piel adentro, para comprender mejor a aquellos que no han conocido otra cosa que no sea la urgencia, el miedo a enfermedades insaciables, la escasez de material médico o quirúrgico, los portazos en las fronteras y la vulnerabilidad que ahora estamos descubriendo. Mirémoslo de otra manera. Reencontrémonos con el tiempo que nunca tenemos o con la quietud que habíamos olvidado. Si lo hacemos bien, propiciando que esto lejos de enfrentarnos nos acerque, cuando remita el virus (y lo hará, claro que sí) puede que regresemos a los días habituales siendo mejores personas.

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