Tribuna

La fin del mundo

Cuando, en mi infancia, yo oía hablar del fin del mundo en femenino: la fin del mundo, pensaba que se trataba de algo mucho más terrible. Nunca supe por qué esa alteración del género del artículo imprimía tantas dosis apocalípticas a la expresión. Ya de mayor, tras mis estudios filológicos correspondientes, pude enterarme de que […]

Cuando, en mi infancia, yo oía hablar del fin del mundo en femenino: la fin del mundo, pensaba que se trataba de algo mucho más terrible. Nunca supe por qué esa alteración del género del artículo imprimía tantas dosis apocalípticas a la expresión. Ya de mayor, tras mis estudios filológicos correspondientes, pude enterarme de que esas desviaciones del español normativo eran una simple cuestión dialectal. En el capítulo 20 de la segunda parte del Quijote, Sancho habla también de “la fin del mundo” en natural referencia al día del juicio final de los cristianos. Sea en masculino, sea en femenino, lo cierto es que ese clausura amenazante de la historia de la humanidad fue algo que siempre me impresionó y me robó muchas horas de sueño.
Esta última semana se ha vuelto a hablar del fin del mundo, aunque esta vez vinculado a una autoridad científica que no nos deja indiferentes. Una exposición de manuscritos del físico y matemático inglés Isaac Newton (1643-1727), organizada por la Universidad Hebrea de Jerusalén bajo el atractivo título de Los secretos de Newton, nos ha revelado que el padre de la ley de la gravitación universal teorizó también, en una carta de 1704 y a partir de sus lecturas de la Biblia, sobre la fecha aproximada del tan cacareado fin del mundo.
Al parecer, y tomando como base el libro del profeta Daniel, del Antiguo Testamento, esa desaparición de toda vida sobre la Tierra tendrá lugar 1.260 años después de la fundación del Sacro Imperio Romano, fundación acaecida en el 800 d. C. Es decir, en el año 2060 todo habrá terminado, según la descodificación que Newton lleva a cabo de las escrituras sagradas.
El documento donde el padre de la física caligrafía este cálculo fue adquirido por el investigador orientalista Abraham Salón Ezekiel Yahuda, en una subasta celebrada en Londres en 1936, y entregado al Estado de Israel en 1951, que lo depositó en 1969 en la Biblioteca Nacional y Universitaria Judía de la citada Universidad Hebrea de Jerusalén.
Las aficiones teológicas y alquímicas del gran científico británico se nos descubren ahora en todo su esplendor y exotismo para demostrarnos que la razón científica del periodo ilustrado no estuvo reñida con la fe en otras doctrinas y prácticas más cercanas a hechos menos comprobables.
Traigo a mi memoria ahora algunas observaciones hechas en su día por el pensador y político italiano Claudio Martelli, quien fuera mano derecha del depurado Bettino Craxi, en las que nos advertía que la Ilustración no había supuesto nunca una ruptura con la doctrina cristiana. Simplemente, en opinión de Martelli, era una tentativa de purificar a esa doctrina de ciertos absurdos y fanatismos.
La Ilustración de Voltaire, de Rousseau, de Kant y de Newton fue, aunque de modo crítico y desencantado, cristiana; heterodoxa, ecuménica, tolerante, pero cristiana.
Para Martelli, ni siquiera la Revolución Francesa, por lo menos en sus comienzos y antes de las tropelías de los jacobinos, del terror generalizado, se consideró hostil al cristianismo. Hasta el mismo Goethe, pagano e ilustrado, reconoció el mérito fundamental del cristianismo en su capacidad de reconciliarnos con el dolor, los dolores de la vida y de la muerte.
La personalidad de Isaac Newton nos demuestra una vez más lo unidas que estuvieron ciencia y religión, razón y magia, en un momento determinado de la historia con minúscula y de la Historia con mayúscula. Pues no sólo fue la lectura del libro de Daniel lo que preocupó a Newton; también hemos sabido ahora que cultivó con fervor la alquimia y que persiguió el descubrimiento de la piedra filosofal o del polvo de proyección, del producto alquímico que transmutaba los metales groseros en oro purísimo, un oro que serviría además como remedio universal para todos los males padecidos por hombres, animales o plantas.
Con los manuscritos originales expuestos ahora en la Universidad Hebrea de Jerusalén, el científico Newton se nos convierte en una suerte de nuevo Nostradamus, el médico y astrólogo francés que vivió en el siglo XVI y nos legó el célebre cuarteto de las Centurias astrológicas, las profecías más respetadas hasta el día de hoy. Aunque Nostradamus, algo más generoso con el género humano, dejó fijado en sus textos el año 3797 de nuestra era como el año del fin del mundo, o de la fin del mundo.
El hallazgo de ese nuevo perfil de Newton no hará sino incrementar el negocio de la astrología en nuestro planeta, un negocio que mueve en las sociedades industriales occidentales, según cálculos bastante aproximados, unos veinticinco millones de dólares al año, y no digamos ya lo que pueden suponer las actividades astrológicas en otras partes del mundo no tan vinculadas a la cultura de la razón.
Según George Steiner, el número de astrólogos en ejercicio en Estados Unidos es el triple del número total de hombres y mujeres inscritos en el colegio profesional de física y de química, y la literatura astrológica inunda librerías y copa índices de venta en sus más variadas modalidades, entre las que cabe destacar la bibliografía de Paulo Coelho, que sabe mucho de ese filón. Tampoco los racionalismos ilustrados de Voltaire o decimonónicos de Carlos Marx están para presumir mucho. Voltaire profetizó hace 300 años que la tortura no volvería a ser un instrumento político usado por Europa o el mundo occidental, y Marx prometió una felicidad que la Unión Soviética experimentó en sus propias carnes. Ni los campos de concentración del nazismo ni los millones de muertos del estalinismo parecen corroborar exactamente aquellos augurios.
Ni la razón, ni la ciencia, ni la tecnología han contribuido como se esperaba a la solidaridad humana. Y en los intersticios abiertos en esas esperanzas maniobran los astrólogos de nuestros días, los ocultistas, los falsos orientalistas. No hemos sabido nunca qué vinimos a hacer a este mundo ni por qué nos vamos de él sin que nadie nos dé una explicación. A lo mejor sería menos traumático irnos todos juntos de una sola vez, como anuncia el fin del mundo, o la fin del mundo, y así el trance sería algo más festivo y llevadero.
Ahora sabemos que Newton no se conformó con sus inducciones y deducciones científicas, sino que echó mano de sabidurías menos objetivas para transitar por un mundo en el que quizá se sintió tan ajeno como nos sentimos cada uno de nosotros.
La Biblia sigue siendo el libro por antonomasia. La literatura más apasionante que podemos tener a mano; el gran código del arte y del pensamiento humano, como la definió el poeta y místico británico William Blake. También en la Biblia abrevó en su época el racionalista Newton para fijar esa fecha enigmática en la que el universo dejará de ser el universo. Dios nos coja confesados.