el charco hondo

Normalicemos

En la cafetería una divorciada se desahoga con un amigo, y le cuenta, con voz entrecortada, los problemas que está poniéndole su ex marido para poder ver a los niños. En la oficina de empleo una legión de escépticos espera su turno. Gente con esa expresión que dibujan los lunes sube y baja de las guaguas con automatismo, susurrando más que hablando, oyendo sin escuchar lo que dicen quienes se sientan al lado o pasan de largo. Una señora va con prisa porque tiene cita en Traumatología. Un padre lleva a su hijo al colegio. Una pareja acompaña a la madre de ella al oncólogo. Una vecina sube al ascensor hablando por teléfono con su hermana, a la que al parecer le ha salido un empleo en Fuerteventura. La vida sigue su curso. Los días no se han detenido. Las rutinas no llevan mascarillas. La normalidad sube y baja de los aviones, va al trabajo, entra en el súper, compra dos barras de pan, se sienta en los bancos de las plazas, sale del gimnasio, propone un restaurante para almorzar, se ríe cuando restos de purpurina asoman en las caras en el transcurso de las reuniones de trabajo. La normalidad pone la tele para ver un partido de fútbol, le da vuelta a qué hacer en vacaciones, se pregunta qué ruido es ese que está haciendo el coche. La normalidad ha incorporado un nuevo virus a los que ya conocíamos, sumándolo al catálogo de riesgos y probabilidades con el que ya convivíamos. Cuando en mi ciudad no había tranvía solo podías ser atropellado por los coches, las guaguas o las motos. Llegó el tranvía y tuvimos que acostumbrarnos a convivir con otro elemento circulante. Con los virus pasa igual, hay que integrarlos en la normalidad, normalizarlos, acostumbrarnos a convivir con ellos como lo hacemos con la vida o con la muerte. Normalicemos. Neutralicemos los daños colaterales del virus integrándolo en la normalidad, porque de lo contrario caeremos en barrena sobre un colapso sanitario letalmente aderezado de caos económico (turístico, sobre todo) y pánico en los supermercados. Reduzcamos a ordinario lo que estamos describiendo extraordinariamente. Enfriemos el relato. Aislemos a la espectacularidad. Cambiemos de conversación. Vacunémonos contra excepcionalidad y sobreactuación. La vida y la muerte siguen su curso. Normalicemos los días, quitémosles las mascarillas. Neutralicemos los daños colaterales del virus incorporándolo a la rutina.

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