Tribuna

Quédate en casa

Pues sí, quédate en casa. Como he hecho yo. No salgas. Porque así ganaremos todos. Para los que, como yo, hemos superado ya los sesenta y cinco, y hemos entrado a formar parte de ese colectivo de jubiletas que, por su altruista dedicación a controlar las obras que se llevan a cabo en algún barrio […]

Pues sí, quédate en casa. Como he hecho yo. No salgas. Porque así ganaremos todos. Para los que, como yo, hemos superado ya los sesenta y cinco, y hemos entrado a formar parte de ese colectivo de jubiletas que, por su altruista dedicación a controlar las obras que se llevan a cabo en algún barrio de cualquier ciudad, tanto admira mi colega y amigo, Andrés Chaves, es bastante más fácil cumplir con las medidas confiscadoras que establece el Gobierno y las autoridades sanitarias, que para aquellos que todavía están bajo la consideración de jóvenes y que, precisamente por su edad, necesitan una mayor libertad de movimientos. Y es que, hacer frente a un encierro como el que estamos cumpliendo en estos momentos, no es nada fácil. Requiere cierto esfuerzo y perseverancia. Por eso todos los ciudadanos estamos obligados a cumplir con nuestras responsabilidades. Y esta, la de no salir de casa, en estos momentos, es una de ellas, porque sus cualidades benefician a todos por igual. Por muy duro que pueda ser el enclaustramiento temporal. Porque no se trata de salvar nuestras vidas, que también, sino la de todos los que pertenecemos a este planeta.

Después de siete días en cuarentena, me siento orgulloso de haber aguantado. Y de observar cómo el resto de los ciudadanos, salvo raras excepciones, también lo han hecho. Y es que la sociedad así nos lo exige. Claro que me gustaría poder seguir asistiendo a mis tertulias de la Plaza del Príncipe, pero no soy, o al menos así lo siento, tan irresponsable como han demostrado que lo son el padre de Boris Johnson, primer ministro británico, al manifestar que va a seguir acudiendo diariamente al pub de su barrio, el presidente de México…, que anima a sus convecinos a abrazarse entre ellos, o nuestro vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, quien a pesar de estar en cuarentena, asiste sin mascarilla a reuniones políticas o del propio Ejecutivo, que aprovecha para promover manifestaciones como las del día 8 de marzo y para lanzar arengas ideológicas con las que atacar duramente al empresario Amancio Ortega, por haberse atrevido a destinar una donación importante a la sanidad española. Con la que nos está cayendo a cuenta del Covid-19, y este señor, aún en el Gobierno. Increíble.

Pero, volviendo al asunto que realmente nos debe preocupar, el de ese coronavirus que nos trae de cabeza, desde mi atalaya de confiscado puedo afirmar que el encierro domiciliario lo llevo de manera bastante positiva. Y para conseguirlo, solo me he llevado por el sentido común: organizarme y llenarme de paciencia, sin participar de los alarmismos que esta situación ha producido. Unos ejercicios físicos en horas de la mañana, la lectura de un buen libro, algún programa interesante de las televisiones, la obligatoria entrada en Internet y un examen diario que me permita analizar de manera realista cómo ha transcurrido el día, son mis principales herramientas para conseguir ese antídoto que necesitamos para evitar que el aburrimiento nos supere. En definitiva, he creado en mi entorno una nueva rutina.

Pero lo más positivo de todo lo que nos está sucediendo es el haber podido descubrir el excelente comportamiento de nuestra gente. Gente que cada día de esta cuarentena da muestras de ser consciente de la gravedad del asunto. Algo que viene a demostrar que el ciudadano español, en general, y el canario, en particular, es un pueblo lleno de sentimientos y enormemente solidario. No obstante, el miedo que esta pandemia nos ha metido en el cuerpo, no se va a ir por arte de birlibirloque. El miedo continuará presente durante algún tiempo. Creo que justamente hasta que un día al levantarnos comprobemos que esa curva de contagios diarios, pero sobre todo la de las personas fallecidas, ha comenzado a descender. Y entonces reconoceremos, una vez más, que habrá valido la pena quedarnos en casa. Seguro.