diario del aislamiento

Día 30

Las manos empiezan a tener su propia edad (de tanto frotarlas). Envejecerán antes, por desgaste -celebraremos los cumpleaños por separado-. Al frotar así, con tanto ímpetu, exhumamos episodios de pieles pasadas. Somos mineros picando manos adentro (ayer el jabón me rescató una calcomanía de Koji Kabuto). Llueve, tanto da, allá ella. Cuesta adentrarme en la habitación de la política, pero lo hago -solo sea para liquidar las notas que tengo acumuladas-. Comprendo el enfado. Comparto muchas críticas. Y, sin embargo, no subo al caballo de las dimisiones. Ojalá fuese tan sencillo. No lo es. Sustituir a unos por otros (unos cuadros por otros, en los partidos o con los dirigentes actuales) sería viajar de Guatemala a Guatemala sin salir de Guatemala. La peor generación de políticos (flojos, muy flojos) está gestionándonos el peor momento. El problema no es que falle el Gobierno, el problema (el de verdad) es que nos falla una generación (la política, en conjunto). Videollamada. Aprovecho para un café. Alego un buen rato con el cuarto de mis tres hermanos -el que me regaló la vida-. Tendría sentido sustituir a este Gobierno para sentar en los ministerios a los mejores de cada cosa -le digo-, sacarlos de donde estén, de las empresas, de su casa, del extranjero, de algunas administraciones. La situación exige reclutar a los mejores (esta crisis no se conforma con menos). Solo así tendría sentido abrirse a las dimisiones en los fogones del Estado, pero la oligarquía que controla los partidos (la tribu) jamás lo permitiría. La Constitución fue posible porque sus padres la hicieron posible. El país necesita -con urgencia- unos padres de la Reconstrucción. Acaba la conversación. No contaré si coincidimos o no (eso le corresponde a él). Nos despedimos. Echo un vistazo al móvil. Leo. En homenaje a los camareros me acabo de pedir a mí mismo un café con leche templada, y me la he servido como me ha salido de los cojones. Qué bueno. Los camareros son capaces de avanzar entre catorce mesas (sin tropezarse) mirando a un punto perdido del infinito, a ese agujero negro del espacio donde nunca habrá alguien que pueda pedirles algo. Miro mis notas. La distancia social traerá consigo la muerte de los secretos, en los restaurantes participaremos directa o indirectamente de una sola conversación (intentaré desarrollar esta bobería, otro día). Cada vez más gente en azoteas reconvertidas en gimnasios, parques o playas. Veo días pasar que no tienen un pase.

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