diario del aislamiento

Día 42

Habrá sido la lluvia tamborileando sobre el toldo, que anoche cogí la cápsula equivocada -de café- o que un proyecto (en el horno, de momento) trasteó por los pasillos del cerebelo. Habrá sido aquello, o lo otro, pero aquí estoy, frente a la pantalla, escribiendo de madrugada. Al lío. Los antecedentes anuncian que este fin de semana los ministros volverán a enredarla. No quedará claro si los menores de 14 años pueden pasear entre las 9:00 y las 21:00 o (no sé, qué sé yo) si los mayores de 21 años saldrán a 14 kilómetros de distancia 9 veces al día. Ministradas. La conversación ha cambiado. Sancho, el bien está ya cerca. Cómo, cuándo, con quién, quiénes o por dónde podremos salir a la calle. Otras preguntas. Otras caras. Otro tono. El pico del optimismo se abre camino (con humildad, discreto). Empezamos a volver, es otra cosa. La operación ha salido bien -me escribe Jon-. Las buenas noticias recuperan posiciones, ya tocaba. Café. Corto, amargo, fuerte, espeso. Me pregunto qué es el síndrome de la cabaña -o de la soledad inquieta-. Síntomas asociados a situaciones de aislamiento social. Se acerca el momento de salir (por fin) de la cabaña. Comienza la maniobra de aterrizaje en la nueva normalidad. Cómo será. Qué haremos. Quizás los primeros días (en la calle) parezcamos adolescentes echando el polvo inaugural, compulsivos, torpes, fingiendo seguridad, atropellados. Catálogo del sinsentido. Quienes comparten sillón frente a la tele (o cama) no pueden ir juntos en el coche -a la playa o al monte, por ejemplo-. Otros absurdos. Qué pasa con el agua del mar, qué mal esconde, por qué se descarta nadar respetando la distancia social (náutica, sería). Me parece escuchar voces en la calle -será el eco de alguna madrugada de marzo-. Tenemos que devolver al turista la confianza para que vuelva a viajar -qué bien se ha portado Kike Sarasola durante la crisis sanitaria; la frase es suya, muy compartida-. Don Quijote. Capítulo XVIII. Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca (fin de la cita, oro puro). Han de sucedernos bien las cosas. Día 42. El maratón ha terminado, quedan los kilómetros que nos han añadido (porque faltan test). En dos horas entro en la radio -y después en una vídeo con Madrid-. Mejor me echo un rato.

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