Tribuna

Economía para después de la crisis

Lo ha dicho el historiador israelí más leído hoy en el mundo entero: La humanidad se enfrenta a una crisis mundial. Quizá la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que tomen los ciudadanos y los gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años. No sólo moldearán los sistemas sanitarios, sino […]

Lo ha dicho el historiador israelí más leído hoy en el mundo entero: La humanidad se enfrenta a una crisis mundial. Quizá la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que tomen los ciudadanos y los gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años. No sólo moldearán los sistemas sanitarios, sino también la economía, la política y la cultura. Debemos actuar con rapidez y resolución. Debemos tener en cuenta, además, las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Debemos poner nuestros reflejos en el postcoronavirus, aunque esta toxina llegada de China nos tenga todavía el corazón en un puño.

Hay gobiernos de todas las dimensiones, pero nosotros nos vamos a centrar en gobiernos como el de la nacionalidad canaria. Hace unos meses, exactamente el uno de enero de este malhadado año 2020, en una reunión política donde intentábamos analizar la situación por la que atravesaba Canarias en esos momentos, tan distintos a los actuales, y eso apenas fue ayer, tuve una intervención que yo mismo consideré, en principio, pesimista, pero que me impuse que fuera lo más cercana posible a lo que yo consideraba que era el diagnóstico más sincero que se podía dar sobre la Canarias de principios del año 2020.

Empecé por el paro, que en aquellos días oscilaba entre un 18 % y un 19 % de nuestra población de dos millones cien mil personas. Un paro inadmisible en una época de vacas gordas. Seguí con la agricultura, una actividad que aporta apenas un 1’3 % de nuestra riqueza total como pueblo, de nuestro PIB. Tenemos una superficie agraria útil de 130.000 hectáreas, el terreno cultivado hoy ocupa tan solo 45.000 hectáreas y el abandonado 85.000 hectáreas. Hay un 60% de suelo cultivable sin uso alguno. Canarias no disfruta en la actualidad ni de un 20% de soberanía alimentaria. Ha faltado premiar el cultivo de terrenos productivos. Hemos abandonado nuestros campos y es triste comprobar cómo dependemos de una manera tan hegemónica de que nos avituallen desde el exterior. Seguí con la pesca, invocando la pérdida de nuestros derechos en el antiguo banco canario-sahariano por las presiones cada vez mayores de Marruecos y sus afanes expansionistas que ya ha logrado extenderlos con alevosía hasta nuestras aguas territoriales atlánticas. Continué con la industria, tan apoyada y suplementada por aportaciones de la Europa comunitaria durante los últimos diez años, una industria canaria que no logra superar el 7 y poco por ciento de nuestro Producto Interior Bruto, una industria sin perspectiva, por ahora, de crecimiento alguno. Saludé el buen momento de la construcción en 2019. Y llegué al turismo, que en enero de este año nos facilitaba el 35% del PIB y ocupaba al 40% de nuestra población nativa, residente y foránea. Y me detuve en analizar un viejo caballo de batalla de nuestra dilatada actividad política personal: cómo los bancos, las aseguradoras, las grandes constructoras, las grandes superficies comerciales siguen rindiendo beneficios fuera de Canarias y no en nuestra fiscalidad. Hablé de los millonarios fondos europeos que llegan a Canarias y que no terminan por animar de verdad nuestra proyección en el África cercana, pues en volumen de negocios con el continente vecino estamos por debajo de cifras de los años setenta del siglo XX, cuando aprovechábamos el pasillo del Sahara para comerciar más allá de esas fronteras de la antigua provincia española, abandonada vergonzosamente por España en 1975 y en la actualidad.
Si nos fijamos bien, durante los primeros y los últimos gobiernos de Canarias ha habido dos consejerías consideradas como «marías», la de Agricultura, Pesca… y la de Turismo. Al fin y al cabo, las que nos dieron de comer ayer, si pienso en las exportaciones agrícolas de todo el siglo XIX y buena parte del XX, y pienso además en el auge del turismo a partir de principios del siglo XX y hasta ahora mismo. Sin olvidarnos, claro está de lo que significó Canarias en el periodo conocido como Canary Islands, periodo que tuvo vigencia desde 1880 hasta 1936, lo que significó la britanización de nuestra economía y le dio vida a la industria vinculada a la navegación y al comercio transcontinental, pero eso se acabó en buena parte.

Los gobiernos de Canarias por regla general se han inhibido a la hora de potenciar esos dos sectores tradicionales de nuestra economía, la agricultura y el turismo. Los han dejado a la mano de Dios, el primero, convertido en un sector subvencionado y mimado en todo lo relacionado con exportación de plátanos, tomates, pepinos, flores ornamentales, esquejes y otros cultivos menores, y el segundo, el turismo, explotado preferentemente por empresas foráneas, muchas veces imponiendo en sus plantillas el personal de mayor rango, otras, hasta imponiendo jardineros y animadores culturales venidos de fuera…

Dijimos antes que íbamos a hablar del postcoranavirus y lo vamos a hacer a nuestra pequeña escala de archipiélago. Hemos leído estos días un artículo riguroso de un colega de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, un colega al que siempre hemos seguido con gran respeto cuando de plantear un cambio de modelo económico de Canarias se refiere. Estoy hablando de Roque Calero, catedrático del Departamento de Ingeniería Mecánica de la citada universidad. El artículo al que me refiero fue publicado en La Provincia el reciente día tres de abril. Y en él, Calero abogaba por centrarnos, a partir de la salida de la crisis sanitaria actual y de sus consecuencias económicas y sociales, en una serie de puntos neurálgicos como son el aprovechamiento decidido de nuestras energías de sol y de viento, por lograr a través de ese aprovechamiento la desalinización de agua para nuestros campos y hasta para el consumo humano, por cambiar el modelo agrícola y fortalecer de una vez la producción interior, por ir a una construcción de viviendas adaptadas al cambio climático, por convertir nuestro transporte público en eléctrico, por incrementar la industria a base de impresoras 3D, por plantear un turismo de larga duración, lo que supondría menos aviones para el traslado de viajeros hasta nuestras islas, y por formar a nuestra gente nativa para que tuviera prioridad a la hora de ocupar los nuevos puestos de trabajo que seamos capaces de crear. Calero adelantó una agenda de tormentas de ideas necesarias para enfrentar los nuevos tiempos de los que nos habla y nos advierte el israelí Harari, con su pensamiento oracular.

Creemos que, al margen de las lógicas demandas energéticas de Calero, la agricultura (solo me acuerdo aquí de mi compañero Wladimiro Rodríguez Brito y sus continuos tirones de oreja para que atendiéramos sus llamadas al orden agrícola) y el turismo de Canarias han de reencaminarse en el futuro de la economía de Canarias. La agricultura con ese apoyo decidido a incrementar nuestra producción interior y a aprovechar ese 60% de suelo útil que hoy desatendemos. El turismo, pensándose a sí mismo de verdad, y no siendo manipulado por agentes exteriores, que solo buscan la ganancia pronta y la explotación irresponsable. En el nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias hay un artículo largo dedicado a la política turística a impulsar por nuestro Ejecutivo y al que compromete en la total planificación de esa actividad, y en el Régimen Económico y Fiscal, aprobado en noviembre de 2018, en el apartado Económico, hay también un artículo diecinueve con nueva redacción que no tiene desperdicio y entre otras cosas obliga al Gobierno de Canarias a unas tareas de las que no debe distraerse ni un instante más: “Atendiendo al carácter estratégico del turismo en la economía canaria y su repercusión en el empleo, se prestará especial atención a su fomento y desarrollo, mediante la dotación de un Plan Estratégico del Turismo. A tales efectos, los incentivos a la inversión en el sector se orientarán preferentemente a la reestructuración del mismo, modernización de la planta turística de alojamiento, a la creación de actividades de ocio complementarias de las alojativas y la potenciación de formas de turismo especializado y alternativo”.

Es decir, un Plan Estratégico en serio, pensemos desde Canarias y no dejemos que otros piensen por nosotros.

Los tiempos nuevos exigen pensamientos nuevos, o desempolvar viejas tareas de las que nos habíamos olvidado o despreocupado. Queda mucho por pensar, pero debemos empezar a describir lo que tienen que ser los nuevos horizontes de nuestra economía y de nuestra capacidad para colocar con un puesto de trabajo digno a las nuevas generaciones en el futuro tan difícil que se nos anuncia y que ya, en parte, estamos padeciendo. Y hay que pensar todo esto alejándonos lo más posible de las luchas y los celos partidistas, esa enfermedad que muchas veces entorpece la consecución de las buenas ideas para el común de la ciudadanía.