tribuna

El coronavirus y la infancia

El cumplimiento de las normas contenidas en los sucesivos Reales Decretos en los que se desarrolla el Estado de Alarma se ha fundamentado, lógicamente, en la defensa del bien común y en la preservación de ese bien preciado que es la vida en el ser humano. Son muchas las medidas y ejemplar el comportamiento mayoritario de la ciudadanía, que una vez más ha puesto de manifiesto un profundo sentido cívico de la convivencia y del cumplimiento de la normativa dictada por las instituciones gubernamentales y refrendadas por el Parlamento nacional.
No obstante, no debemos rehuir el hecho de que algunas de las medidas no hayan sido entendidas y sean objeto de sorpresa. Por ejemplo, en muchas ocasiones, a padres de niños en edades infantiles les he oído decir que no entienden la razón por la que se tolera el paseo de animales de compañía y no se posibilite el de los niños que, encerrados en un apartamento de 60 metros cuadrados se ven por primera vez en su vida confinados en esos espacios reducidos. Hay razones científicas que justifican esta decisión, dado que los más pequeños pueden ser ‘supertransmisores’ del coronavirus sin desarrollar síntomas. Por ello, a padres y madres hay que pedirles comprensión y paciencia.
La infancia debe ser objeto de una escrupulosa atención ahora que nos acercamos a fases de ‘relajación’ de las medidas hasta ahora imperantes, porque parece que, afortunadamente, nuestras islas están sacando la cabeza, con precaución, de esta crisis que nos ha tocado vivir.
El número de enfermos y la tasa de contagio del Covid-19 son mucho más reducidos en Canarias que en otras partes de nuestro país y se especula con la idea de comenzar un retorno paulatino a la vida normal en nuestro archipiélago. Nuestra frontera, el mar, nos beneficia y hace que, si se planifica bien y con prudencia, ajustando las decisiones a la evolución de la situación, nuestra hoja de ruta esté más cerca. Quizás podamos imaginar un mes de mayo diferente a los de marzo y abril.
Por ello, me parece que este es un buen momento para plantearnos un tema que hemos dejado quizás algo de lado, inmersos en cuestiones que podían parecernos más urgentes, el de la infancia.
Creo necesario poner el foco en los más pequeños, que se han visto arrancados de sus rutinas desde mediados de marzo y a los que el confinamiento se les puede hacer especialmente duro. El clima de tristeza y miedo, y el desconcierto de los primeros días, cuando todos intentábamos asimilar los cambios y ajustar nuestras vidas a un nuevo ritmo, pueden haber dejado huella en las mentes y los corazones de nuestros pequeños.
Sobre todo, en el caso en que los padres se hayan quedado sin trabajo en estas semanas y la situación de incertidumbre e inquietud se haya recrudecido en sus hogares. O en aquellos cuyos padres han seguido trabajando, saliendo a la calle, y que han podido sentir el miedo al contagio colándose en sus casas y, por lo tanto, restringiendo un excesivo contacto con sus niños. O en los que viven en familias cuyos padres están pendientes del teletrabajo y no tienen ni el tiempo ni las herramientas para que la cuarentena no se convierta en una especie de prisión.
Cada familia es un mundo, igual que cada niño. Cada situación es diferente. Pero estoy convencido de que para muchos niños y niñas, no está siendo nada fácil, incluso muy duro. Ahora que empezamos a vislumbrar una salida a estas semanas tan complicadas, no deberíamos olvidar a la infancia en las progresivas respuestas que vayan relajando el Estado de alarma. Tenemos que lograr tomar medidas que puedan evitar la expansión del Covid-19 y, al mismo tiempo, acompañar a todas las familias para conseguir que se sientan protegidas.
Debemos pensar en solucionar las situaciones de vulnerabilidad y precariedad que viven nuestros vecinos, familiares, amigos. Y también tenemos que proyectar el momento en que los niños y niñas, que han visto cambiar sus vidas radicalmente, puedan regresar a las calles, a los parques, al aire libre y a sus amigos y compañeros de juegos. Paulatinamente, con prudencia, con cabeza, pero también con corazón. En Dinamarca, por ejemplo, una de las primeras medidas tomadas de rebaja de los confinamientos ha sido la reapertura, que se producirá el próximo 15 de abril, de escuelas y jardines de infancia.
Soy consciente de que las autoridades educativas están buscando soluciones académicas a este curso que se nos ha truncado de repente. También sé que los profesores están dejándose la piel para que los niños prosigan su aprendizaje de alguna forma, para tranquilizarles y animarles y lograr que se sientan conectados a la escuela. Conozco innumerables casos de profesionales que se preocupan de cada uno de sus alumnos: con las herramientas y la vocación que tienen, hacen el mejor seguimiento posible a su formación, con las particularidades que hay en cada hogar. Tras dos semanas de trabajo intenso y adaptación, en este parón de Semana Santa sé que han dado un respiro a sus alumnos estos días, pidiéndoles que cojan fuerzas, lean, descansen y disfruten de sus familias.
Los colegios no se limitan a programar un calendario para reforzar tablas de multiplicar, la civilización egipcia o el funcionamiento del cuerpo humano. Tienen presente que esta excepcional situación puede aumentar la preocupación en los hogares y poner al límite a padres y niños. En sus comunicaciones con las familias les recuerdan que los conocimientos académicos deben ponerse por detrás de las personas y su salud mental. Saben que se pueden recuperar materias y temarios y que nuestros niños y sus familias deben situarse en el centro de todo, que no podemos dejar a nadie atrás.
Ignoro lo que nos deparan las próximas semanas, pero soy optimista. Por eso, y porque la vida se abre paso, incluso a través de una pandemia, desearía usar esta tribuna para pedir que pensemos en nuestros niños y sus familias. Planifiquemos, entre las primeras medidas para ir superando la cuarentena, alternativas inteligentes para aliviar sus problemas y abrirles los espacios públicos, poco a poco y con prudencia.

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