Lo conocí en el año 1989, cuando Juan-Manuel García Ramos (entonces Consejero de Educación y Cultura del Gobierno de Canarias) me encargó el diseño del ciclo Escritores ante el final de siglo. Aquella figura de los libros que leía se hizo real. Era una persona muy afable y manifestaba como nadie en este mundo el don de la diplomacia. En los cuatro días que lo acompañé por Tenerife y Las Palmas, tuvo tiempo de examinar tiendas y comprar cosas selectas para los suyos. Habló mucho conmigo; yo menos con él. Me sorprendió con varias historias a cada cual mejor, algunas relacionadas con escritores de América como Ernesto Sábato, Rulfo o el impar Octavio Paz con el que alguna vez discutió. Noté cierto enfado una vez en la que me dijo si habría de terminar la música después de Bach. Yo le dije que sí, porque el romanticismo que él defendía a mí muchas veces me parecía patético. No afirmó que yo no tuviera oído, no pudo hacerlo razonablemente, por eso actuó. Me propuso que le recomendara cinco escritores europeos, que él me compensaría con cinco escritores americanos. Lo hice. Me preguntó: “¿No conoces a Bruce Chatwin?”. No. “Pues te pierdes una de las mejores novelas de Europa: Colina negra”. Supe entonces que era un celoso devoto de la literatura; él que yo era sincero y por ello sus revelaciones fueron más intensas. Me contó que en Estados Unidos se veía sometido a sutiles insultos por razones de índole ideológica. Me reveló uno simpático. Un individuo se acercó a la tribuna en la que hablaba y depositó una nota sobre la mesa. Decía: “Chupador de vergas comunistas”. Le pregunté: “¿Y usted qué respondió?”. Dijo: “Todas las vergas son buenas”, y rió estruendosamente.
Mucho tiempo después Juan Cruz me invitó a una cena en el restaurante Las Palmeras con él. Esperamos, entró a la sala y aún me cuesta creer lo que sucedió: me saludó por mi nombre y me preguntó por Bach. La comida fue deliciosa. En ella volví a descubrir al hombre de un sorprendente país del otro mar y al hombre del mundo, al hombre en el convite con lo particular y al hombre de múltiples fronteras e idiomas, al hombre del Distrito Federal de México y al hombre de las calles del Londres que a mí (le dije) tanto me entusiasman.
Se lo comenté a Juan Cruz después. Me dijo: Es una persona que ejercita con tanta intensidad la memoria como la escritura, porque para lo uno y para lo otro hay que estar dispuesto a mirar de frente y con absoluta intensidad el rostro de los otros hombres.
Carlos Fuentes.

