tribuna

En busca del cambio perdido

Dice Antoine Gallimard, el dueño de la gran editorial francesa, que “no cree que el mundo vaya a cambiar, sería demasiado bello”. Esto demuestra, una vez más, que los cambios que se imaginan son un desiderátum individual que hará feliz a aquel que ve colmados sus deseos con el nuevo panorama. En definitiva: nunca nada ha alterado su comportamiento de forma drástica, y si lo ha hecho no ha sido a gusto de todos. Las revoluciones han consistido en el desplazamiento de personas y de usos, jamás han provocado una alteración substancial en el comportamiento global de la gente, en eso que se llama moral. Esto lo hace de manera más lenta, adaptándose con parsimonia a lo nuevo. Lo nuevo surge a una gran velocidad, su adecuación al uso global de su beneficio tarda mucho más tiempo en llegar. No sé a qué se refiere Gallimard cuando habla de que sería demasiado bello. ¿Qué es esto que nos haría estremecer por su hermosura? Quizá, el cambio consista en erradicar tantas actitudes estúpidas que han surgido como consecuencia de la implantación de lo moderno. Es decir, cambiar es recomendable para liberarnos de los efectos perniciosos de los cambios anteriores. Este es el reconocimiento de que disfrutar de las innovaciones no nos hace necesariamente mejores. Algo sí que parece haber sido suplido, al menos por el momento, de las parrillas de los informativos de la televisión: el considerar como extraordinario lo que no deja de ser la forma normal que tiene la naturaleza de comportarse, y la mirada airada de reproche de una niña con trenzas que nos advertía de la llegada inminente del fin del mundo. Como ha quedado claro, la presencia de una amenaza provocada por un bichito que no se ve, ha sido capaz de eliminar todos los miedos que se nos pretendían inocular, porque éste produce consecuencias reales e inmediatas y el otro se derivaba a un futuro que, por regla general, siempre ha puesto los medios y las correcciones oportunas para ser evitado. Gallimard habla de libros, que es lo suyo. Y lo hace desde el punto de vista del editor, que es el vehículo para que la producción genial de los autores llegue hasta las mesas de los libreros. Proust estuvo en la cuadra de los que promocionó su abuelo. ¿Quiere esto decir que el enorme escritor francés no hubiera llegado hasta nosotros si no hubiera sido por el esfuerzo de impresores, editores, libreros, críticos y divulgadores? No lo creo. Proust seguiría siendo majestuoso a pesar de los libros electrónicos, de los departamentos de venta de los hipermercados y de las grandes cadenas de distribución comercial, como Amazón. Pongo el ejemplo de Proust porque no estoy seguro de que lo que sería demasiado bello consistiría en retornar al tiempo perdido, a la añoranza de lo que se fue. Quizá sea esto lo que echa de menos Gallimard: aligerarnos de una excesiva intromisión tecnológica, volver al arrepentimiento por habernos alejado de la senda de lo clásico, poner el freno al automatismo que nos esclaviza en lugar de liberarnos. Hay muchos que consideran a la modernidad como cosa del demonio, algo que viene a romper nuestra vinculación fatal con la tradición. La tradición es que Proust resiste, aunque no tengamos que ir a la mesa del librero para sobar con nuestras manos las tapas de sus libros. Quizá ya no lo podamos volver a hacer sin antes lavarnos las manos con un gel hidroalcohólico. El cambio que me podría asustar es que ya nunca volviéramos a hablar de él. Hace poco, mi hijo me ha regalado una novedad editorial. Se trata de las obras completas de Jorge Luis Borges, en una edición de bolsillo, metidas en una caja de cartón de color rojo. Él trabaja como editor en Randon house. En esto consiste el cambio, en el envase. Los textos nadie se ha atrevido a tocarlos. Estaba hablando de los cambios y de Proust, y compruebo cómo muchos de los deseos consisten en ir de nuevo a la busca del tiempo perdido, a que todo se basa en poner en pie a esa revolución que se quedó pendiente, a mostrar dinosaurios en las playas, por fin liberadas de los malvados hombres, a sacar rogativas pidiendo que sea el milagro el que nos libere de la miseria. Por ahora no parece que las cosas hayan cambiado mucho. Seguimos siendo gregarios para aceptar pacientemente el confinamiento, y lo seremos igualmente el día de la suelta, que se convertirá en una gran aglomeración en el ágora, donde siempre se celebran los acontecimientos, para volver a ofrecer nuestras vísceras indefensas a un agente que no somos capaces de controlar. Menos mal que nos quedará Proust para actualizar lo que creíamos abandonado en el desván. Contradictoriamente ahí es donde se encuentra la gran novedad. La lástima es que la mayoría no sea capaz de descubrirla.

TE PUEDE INTERESAR