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Mascarilla con mantequilla

Con la excusa de tirar la basura, me di un paseo hasta el contenedor. Estoy en mi derecho. Me puse guantes y mascarilla quirúrgica -conseguí tres-, pero antes me había comido un sándwich de jamón, queso y mantequilla. Como lo hice a la plancha, la mantequilla se derritió bastante y se me quedó pegada a la parte del bigote. Me puse la mascarilla y pringó de mantequilla, apestando a sándwich. Salí así, pero no aguantaba el olor grasiento, aceleré el paso y volví casi corriendo. O sea, que el puto paseo resultó un tormento mantequillero y no me supo a nada. Ni siquiera fue un alivio estirar las piernas, tras cuatro semanas de aislamiento, por imperativo legal que le dicen. Hoy lo intentaré de nuevo, esta vez sin mantequilla de por medio, entre el bigote y la mascarilla. Todo me parece una complicación. Cuando salgo al cajero me armo un lío para no tocar nada: guantes y mucho cuidado, meto la tarjeta, recojo las perras, pido el justificante, miro el exiguo saldo, un lío. Llego a casa, limpio los zapatos con lejía, me quito los guantes con cuidado, me lavo las manos, me echo el gel desinfectante en ellas, un auténtico follón. ¿Es todo esto necesario o estamos, como siempre, exagerando y rizando el rizo? Cuando me traen la compra hay que lavar los envases con agua y lejía: ¿es necesario? Cuando se me cae algo al suelo y lo recojo, me lavo las manos: ¿es que estoy en un quirófano y voy a operar? Realmente, esto no hay quien lo aguante y no sólo por el confinamiento, que también, sino por la ristra de consejos que nos ofrecen cada día presuntos expertos, la mayoría de los cuales no tiene puta idea de lo que dice. Ni Sánchez tampoco.

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